¿Por qué?

Porque a veces tengo la cabeza llena de ideas que nunca digo y porque me debato todos los días entre ser Marianne o Elinor voy a poner toda la locura en este lugar. No pienses que es un blog sobre amor o parejas, tampoco es sobre poesía o música, menos sobre educación o política. Es solo un cuaderno más de (in)sentatez y mucho sentimiento...

miércoles, 11 de noviembre de 2015

A ti que no me lees

Las veces que me siento a escribir en este blog hay una pregunta que se viene siempre a mi cabeza: ¿para qué? La tecnología nos ha ido llenando de espacios en los cuales podemos "expresar" ideas, pensamientos y "compartirlos" con el mundo. Esto me hizo pensar en nuestra necesidad de comunicarnos con los demás y he hecho memoria de los muchos episodios que esta necesidad ha tenido en mí.

El diario personal

A lo largo de mi infancia y adolescencia me regalaron varios de estos "diarios" con sus portadas en colores pasteles y sus páginas perfumadas (y un candado fácilmente franqueable debo decir). "Para que escribas tus secretos" me dijo una vez mi madrina. Páginas de páginas se fueron llenando con los sucesos del día, con las ideas que se me ocurrían, con las fantasías que inventaba. Los recuerdo como un ejercicio de memoria tanto como de imaginación. Sin embargo, eran páginas para no ser leídas por nadie más que por mí misma (y eventualmente mi hermana que me enseñó lo fácil que cedía el candado). 

Cuando creí que estaba curada de la idea de diario personal estaba empezando mi vida universitaria. La agenda (que hasta entonces había sido una imposición escolar y únicamente para señalar tareas y evaluaciones) se volvió una extraña protagonista. No puedo olvidar los abultados cuadernos que cargaba llenos de TODO. Mis agendas se volvieron un espacio en el que, cual anales históricos, se registraban minuciosamente los sucesos de mi día a día. Y claro empecé a ver los secretos aparecer en los rincones porque por ahí aparecía la hora en que me crucé al chico que me gustaba a ver si la semana siguiente pasaba por el mismo lugar y tenía "suerte". También estaba la cuenta de llamadas telefónicas hechas desde casa y que tenía que tener cuidado de no pasarme para que mis padres no notaran que subía la factura. Y así montones de claves que eran nuevamente solo para mí.

Aunque de manera mucho más sintética que mis diarios, el ejercicio en mis agendas fue el mismo: un largo monólogo de mi existencia que tenía a mí misma como única receptora (salvo cuando le mostraba algunas páginas a mis amigas)

Recuerdo la madrugada en que los quemé para escándalo de mi madre. Fue el día que me di cuenta de mi obsesión con la memoria y el momento en el que los dejé ir no sin preguntar por qué los sentía tan necesarios.







"Mariana está..."

He revisado y mi cuenta en Twitter fue abierta en julio de 2007 y la de Facebook en algún momento del 2008. Al dar una pasada por el timeline de ambas redes me ha divertido ver la manera en que ha cambiado el uso que doy de ellas.

Algunos posts o tweets son en tercera persona (una moda que felizmente pasó) en respuesta a la pregunta básica de las redes sociales "¿qué estás pensando?"... "Mariana León está esperando que termine el trabajo". "Mariana está viendo una película". Con el tiempo y las facilidades que ahora permiten las redes se han vuelto más un espacio para compartir enlaces, para publicar frases "ingeniosas", para hacer reclamos públicos por malos servicios y para ventilar en muchos casos tu estado anímico. (No puedo olvidar el intentar medir nuestra popularidad o el éxito de un nuevo look a partir de "likes").

A simple vista, estos nuevos espacios son diferentes al diario personal, se supone que esto es "público", bueno o entre tus amigos si te detienes a navegar entre los ajustes de privacidad que te ofrecen las redes. Ya no es uno mismo el único receptor de tus andares cotidianos, hay otros receptores y estos te imponen también reglas. La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿por qué los necesitamos?


El receptor

Durante los años que llevo usando las redes se han ido forjando netiquettes que guían sobre qué publicar, qué no publicar, qué tipo de publicaciones te dan cierta imagen y cuáles la destruyen (dependiendo de los círculos a los que quieres pertenecer).

Sin embargo, a pesar de esta apariencia de público, no puedo dejar de notar que hay algo en común entre ese diario y las redes. Creo que en ambos casos lo que se logra es darte la sensación de que expresas muchas cosas, pero sin decirlas de verdad. A lo largo del tiempo nos hemos llenado de espacios que nos confortan con un efecto placebo para evitar que hablemos y digamos directamente aquello que sentimos.

Se nos ha enseñado que está mal exponer lo que realmente pensamos o sentimos frente a los demás, estamos llenos de reglas sobre lo que es y lo que no es apropiado. Las redes sociales no son diferentes porque lo más probable es que aquella persona que realmente es quien esperamos nos lea no está ahí porque ya la bloqueamos, porque nunca estuvo en nuestra red o porque simplemente pasa de nosotros.

A quien no me lee

Sé que hay razones para imponernos reglas al momento de expresarnos, nociones tales como respeto o tolerancia vienen a mi mente. Pero ¿cuál es el límite? Los seres humanos nos hemos ido llenando de barreras que nos obligan a depender de habilidades tales como la interpretación, la lectura de signos, de expresiones corporales. ¿No es más sencillo decir lo que sentimos? ¿No perderíamos menos tiempo sin tanta insensatez?

Aunque tengamos la sensación de que podemos expresarnos mucho más, no creo que sea así. Entre los sentimientos que no queremos herir y la necesidad de no herirnos (como suponemos que pasará) ya no somos capaces ni siquiera de decir libremente "te quiero". Nos hemos programado para temer más a la reacción del otro que a vivir con expresiones oprimidas en el pecho.

Al final, seguimos buscando espacios donde escribir nuestros secretos, pero como siempre dejándolos expuestos a ver si con suerte alguien (siempre con un rostro en mente) los lee. Ojalá que poco a poco despertemos y tengamos más valor de decir de frente aquello que solo solíamos escribir... puedo decir que aunque a veces ha dolido terriblemente, nada se compara a la sensación de no decirlo nunca.


viernes, 30 de octubre de 2015

Recuérdame

A Ángela, por su compañía, 
con la esperanza de aprender 
juntas de mi historia.



Mientras escribo hoy, sentada en el piso de mi rincón favorito en mi habitación, una frase resuena en mis oídos fuerte, con tono de oración y reclamando fervorosamente una sola cosa: no ser olvidada.

"Ni se crea, ni se destruye, solo se transforma."

La materia que conforma todo lo que nos rodea cumple con esta condición: se transforma. Es esta extraordinaria capacidad de cambiar y amoldarse la que se me ocurre hoy es la que nos permite sobrevivir. El corazón es también materia.

A lo largo de los últimos años, me he transformado varias veces y una de las transformaciones más importantes (y dolorosas) se está dando ahora. En ocasiones tomamos decisiones que, aún sabiendo que son las mejores, nos entristecen profundamente: dejar atrás la casa paterna, cambiar de trabajo, mudarnos de ciudad o dejar ir de nuestras vidas a alguien a quien queremos.

Existen muchas razones que nos llevan a tomar estas decisiones y, sin duda, son las que nos hacen avanzar en la vida. Pero no importa lo fuerte que seamos o lo preparadas que estemos para tomarlas, igual, dejan heridas.

Lo que me he preguntado constantemente durante este proceso es ¿por qué duele tanto?

Como un pote de helado

Cuando decidimos dejar atrás algo o alguien que nos es muy importante es como si nuestro corazón fuera un pote de helado muy congelado que sacamos del refrigerador. Voluntariamente, tomamos el servidor y extraemos un pedazo. Sin importar que lo hagamos limpiamente o con un poco de tropiezos el resultado final es el mismo: el perfecto molde de helado queda con un gran espacio vacío.

Al estar tan congelado, el resto del contenido no logra cubrir el espacio dejado por lo que se sacó o por lo menos tomará un tiempo que logre hacerlo. Cuanto más profundo en el alma es el lugar en el que está lo que dejamos, es como si más congelado estuviera el helado. Como lleva más tiempo ahí, ha tenido más calma para tomar su lugar y, por lo tanto, el proceso de descongelar y rellenar demora más. Duele más.


El acto egoísta

Es cierto que ese proceso de volver a rellenar el espacio ahora vacío es una gran causa de dolor. Pero creo que hay algo más, algo que no es externo ni vinculado a lo que se deja atrás.

Dejar ir, especialmente dejar ir a alguien, es matarnos un poco. Quienes nos rodean son los que nos ayudan a existir, son los que nos guardan en su memoria, quienes tienen ese retrato de nosotros, quienes atestiguan nuestro paso por esta vida. Cuanto más nos gusta quiénes somos junto a alguien, más duele sacarlos de nuestro lado porque lo que hacemos, en buena cuenta, es dejarnos ir. Aquí es que todo se vuele egoísta.

Claro que echamos de menos la compañía, claro que hace falta el apoyo y la complicidad o lo que sea que nos uniera a quien dejamos. Pero no se puede negar que lo que cuesta, por sobre todo, es renunciar a uno mismo.

Hoy que veo morir una versión de mí, mi favorita desde hace mucho tiempo, el dolor es profundo y el vacío me deja sin aire a cada momento.

Lo que he aprendido...

A lo largo de esta semana, he aprendido a vivir con mi decisión, pero sobre todo a llorar el dolor que me ha dejado. Esta tristeza profunda es real. Por más correcto que sea el camino, la pena es auténtica y necesaria. No sé quién seré después que pase todo, cuando la materia termine de transformarse. Pero espero abrazar esa nueva yo con emoción e ilusión.

Mis consuelos son el haber sacado de mí palabras y emociones que callé por mucho, y, claro, la expectativa de una nueva forma de ver el mundo a partir de este cambio.

Sin embargo, inevitablemente, guardo la esperanza de que ese recuerdo de mí, aunque de lejos, se mantenga y que se sume a otros.

A ti solo te pido esto: recuérdame.

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(Música de compañía en este octubre que se acaba.)









viernes, 25 de septiembre de 2015

Médico de familia

Una vez más me encuentro en esta duda entre obedecer a la sensatez o navegar un rato con el sentimiento. Han sido un par de días cansados, y no solo por los niveles ridículos de mi hemoglobina, sino por un ritual al que estoy lejos de acostumbrarme.

Jueves

8 a. m. "estire el brazo, haga puño, respire..." unas veces espesa, otras veces muy líquida mi sangre llena los tubitos. Esta vez tuve suerte, encontraron a la primera la vena, pero un ardor característico me hace saber que no será un buen día para mi brazo. "No te quejes", me reprendo a mí misma, sí sé que no es tan grave. La visita al "vampiro" tiene su fecha programada, más precisa e inamovible que fecha de pago o peor que de cobranza, pero es una al mes, casi nada.

Desde el momento que me dicen que al día siguiente estarán los resultados la suerte queda echada.


Viernes

9 a. m. "a ver su orden, tiene exámenes pendientes, vaya al consultorio 612" (entrego todo en orden, pero aún así el rostro de la asistente es de "favor")
9:15 a. m. "tome asiento hasta que la llame la doctora"

El ritual empieza, coger el celular, revisar el correo, un par de intentos en Candy Crush... "¡Gómez!" un paciente que sale, otro que entra, ya son 9:25 a. m.,  un par de vistazos a la sala, de nuevo la vista al celular... Son 9:40 a. m. ¡Ruiz!... así el baile continúa hasta que dan las 10:15 ..."¡León!"...

Al fin en el consultorio, balanza, medida y llega la sentencia: "no estás siguiendo las indicaciones, seguro que has hecho esto, seguro que no has hecho lo otro"... (Con los años he aprendido a asumir que siempre es mi error).
Silencio y, por fin, lee los resultados de laboratorio y el discurso cambia: "ah no, es esto... y esto otro, te tengo que cambiar la dosis".  Respiro, no me la puedo comer viva... pero entonces llega el comentario: "uy pero seguro que estás cansada y ¿cómo está el estómago? y ¿no has sentido esto otro?" Entonces después de repetir por milésima vez: "sí... mal... sí" es el momento en que recuerdo que esos son los síntomas que me hicieron ir a consultar el médico y que esas fueron las primeras tres preguntas que me hizo cuando estuve sentada frente a él en nuestro primer encuentro.

Médico de familia

¿Qué pasó con el médico de familia? Sí, ese que cual doctor Baker de La casa de la Pradera conocía los milagros y pecados de cada quien, ese que sabía todo el historial y que por eso pensaba en un tratamiento que se ajuste a la persona. Desde mi diagnóstico hace ya 3 años he pasado por varios especialistas, particulares y en clínicas. Uno suele entender que el médico de clínica (u hospital) trabaja a destajo, apurado por cumplir una cuota, lo que justifica su trato impersonal, pero no son los particulares muy diferentes (aún con listas limitadas de pacientes e infladas tarifas). No soy una niña, no pido engreimiento, pero lo mínimo que agradecería es que ni insulten mi inteligencia ni mi malestar.

No creo ser mala paciente, cuando no cumplo al 100% las indicaciones lo digo, reconozco mi responsabilidad. Tampoco soy de las que se lee todo en internet y se cree que sabe más que el especialista. Pero lo mínimo que espero es que lean sus notas antes de recibirme, que antes de reprenderme se fijen si hay algo más que pueda estar ocasionando el mal y no asumir que soy el único motivo.

Mi hermana es médico y la considero muy buena y acertada en sus diagnósticos (aunque no la puedo considerar una excepción entre sus colegas). Cada vez que alguien le dice algo poco fundamentado sobre medicina ella solo responde sonriente: "Siete años". Y es verdad, un médico pasa por lo menos 7 años formándose para obtener su título, pero lo que me pregunto ahora es si es que ese largo periodo de rotaciones, disecciones, bademecums y anatomía no les hicieron olvidar al paciente, ese que solo quiere sentirse bien y que paga sus honorarios. O no sé si es culpa de los pacientes que no hacen caso y los demás pagamos por ellos.

Prescripción

Los sentimientos me han ganado un buen rato, he salido de la consulta desanimada, con la mala sensación de un trato frío. La prescripción está dada, las dosis variadas, la lista de medicinas cada vez más larga. He pasado por la farmacia donde una joven adormilada, lenta, poco amable se ha demorado otra media hora en despachar dos cajas de medicinas (las demás no las cubre mi seguro). Una mañana casi completa ha pasado y más que sentirme aliviada, presiento que salgo algo más enferma. El sistema de salud en general me enferma.

Ya en el trabajo he decidido hacerme yo misma otra receta, una que por su puesto no deje mi bolsillo más agujereado:
- Un post en un blog insensato, muchos correos electrónicos laborales para distraerme y una taza de té de Granada ni bien pise mi casa (para recordar mis vacaciones ahora tan lejanas).

viernes, 1 de mayo de 2015

La vuelta al mundo en... una vida

Lo curioso de los feriados es que aunque están siempre hermosamente marcados no siempre significan vacaciones... Como confesa adicta al trabajo, mi plan habitual es continuar trabajando... pero lo bueno que tienen los feriados es que te dan ese algo de tiempo libre que a veces uno necesita (desesperadamente) para ver amigos, familia o para ordenar la casa.

Recuerdo que hace unos años en un feriado como hoy las víctimas elegidas de mi locura vacacional fueron mis cajas de recuerdos. Después de años de tener la insana costumbre de guardar todo y anotar todo, había apilado una gran cantidad de cajas de pasado: cartas, recortes, obsequios, tarjetas de cumpleaños, boletos de teatro, programas, agendas. Le di a todos nueva vida una sola vez, antes de ir a parar al reciclaje o al fuego. Fue una noche liberadora, se renovó la piel. Pensé que ese día dejé el mal hábito y solo me quedó una extraña manía de almacenar en el cerebro sucesos, datos, conversaciones inútiles que solo me pesaban a mí. Hoy descubrí que no fue así.

Hoy en día, sin menos impacto ambiental (creo), son la computadora y los celulares (si no lo dije, soy también tech adicta) los cómplices silenciosos de mi manía. Las sincronizaciones de datos automáticas hacen que 5 años de datos en red simplemente revivan con la mágica indicación "cargar la copia de...". Recuerdo que hacer una copia de seguridad de tus archivos era acto de sensatez, ahora no estoy tan segura.

Con un juguete nuevo en las manos, y aún feliz de volver a la marca de mi siempre favorita elección, la pregunta me golpeó: ¿deseo reestablecer la copia de seguridad o crear un celular nuevo?

Peter y su cajón de juguetes

Recuerdo que una de las frases recurrentes de mi madre fue siempre "No a las ataduras", pero a pesar de mis intentos de seguir esta fabulosa premisa, aún tengo una caja de Pandora aunque la creí hasta hoy una caja de felicidad.  Junto con mi primer contrato de editora, tarjetas de embarque en amados aeropuertos se han ido mezclando objetos no tan queribles.

¿Por qué resulta imposible deshacerse de aquella foto, del dije tan significativo, incluso del anillo de compromiso? ¿Cómo quedaron esas cosas atrapadas en un espacio que debía ser un kit de emergencia? Supongo que un intento de alejarlos de la vista, quedaron atrapados en ese lugar no siempre visitado.

No todo es maravilloso en el cajón de recuerdos, no es la maravillosa caja de Peter llena de curiosidades y novedades que uno quiere observar y disfrutar.


Redescubrir

Sin embargo, el cajón de recuerdos o su versión moderna "copia de seguridad" tienen también su lado positivo. La agenda curiosamente guardada puede que tenga en sus páginas escondido aquel punto de inicio, la evolución de una historia, una frase escrita muy a propósito que te saca de un error que vas a cometer nuevamente o te deja en claro que estás a punto de caer en una de esas famosas "figuritas repetidas" y te grita (milagrosamente) ¡Yala! con justo el ímpetu necesario para despertar.

Por supuesto un recorrido por el mundo de las memorias (tan aterrador como el mundo debajo de la cama) tiene un fin más y es que te ayuda a redescubrirte, a comprenderte un poquito más.

Hace poco me encontré frente a una gran cantidad de rostros conocidos y muy queridos. La emoción de verlos, abrazarlos y sentir su amor me hizo llenar el pecho de palabras, los ojos de lágrimas... Ahora días después me doy cuenta de lo poco que recuerdo de cómo empezó nuestro camino juntos en este mundo. Los años han pasado y los inicios de lo que hoy somos, los primero pasos temerosos de tratar de descubrir ese mundo que es cada persona son ahora borrosos. ¿Cómo inicia una amistad? ¿Cómo evoluciona y sobrevive?


El tour del mundo

Cuando conoces a una persona se me ha figurado ahora como la primera vez que uno emprende un viaje solo. Quizás no conoces el idioma, tienes algunas notas del lugar, pero en realidad no sabes qué es lo que te espera. En este caso no sabes si las guías con las que cuentas son certeras, no hay google maps para auxiliarte, pero de algo que empiezo a estar segura es de que debes haber conseguido una visa completa (y para todos los países).

El iniciar una amistad con alguien se convierte en un esfuerzo conjunto y por su puesto puede detenerse en muchos niveles, pero siempre he considerado importante la bilateralidad. Durante mucho tiempo dividí mis mundos, los amigos de colegio por un lado, la familia por otro, cada trabajo en su lugar. La pregunta es ¿llega así a ser posible presentarte en los 360° frente a las personas? o simplemente termina uno llenándose de fronteras y de un interminable papeleo burocrático de visas aprobadas y rechazadas.

No me refiero a ser un libro abierto, creo que todo se va ganando y dando de manera natural pero las puertas deberían estar abiertas.

Después de una serie de traiciones que no son moneda poco corriente en la vida de una persona y tras considerar una vida de misántropo una vez más una frase me vino a tocar la puerta mientras maratoneaba un sitcom de los noventa: "lo que define una relación es otra relación". Aunque aplicada a la vida amorosa del personaje, se me ocurre que es aplicable a todas las relaciones ¿cómo sabes que alguien es tu amigo sino por comparación con otro amigo? ¿No es así como se definen todas las cosas, por comparación?

Al estar tan alerta y con los mecanismos de defensa activados como si se acercara a mi vida la tercera guerra mundial, los detalles y las diferencias saltan a mi vista. Hoy me he detenido a observar todas esas amistades que tanto quiero, la profundidad de cada una de ellas y lo que las ha hecho tan íntimas. El recordar una botella de agua comprada por un casi extraño que se detuvo al verme pasar de repente con lágrimas en los ojos, la decisiva frase implorando por el fin de una relación a esa amiga mientras compraba zapatos, el velorio de una familiar, el cumpleaños compartido con alguna mamá... me ha hecho entender que fueron esos momentos los que me hicieron pasar una nueva frontera del país trabajo, al familia, al escuela, etc. y que son los que ayudan a completar ese tour del mundo, el tour por el planeta que es cada persona. Es de esa manera que con su permiso me he hecho un retrato 4d de cada una de las personas

Qué pasa entonces cuando al notar todos estos viajes te das cuenta que en uno de esos pareces no haber pasado la primera frontera aunque tú has concedido visa completa y eterna. Es posible al notar esto no sentirte rechazado como si algo en todo tu papeleo de presentación estuviera mal. Supuestamente tienes la carta de invitación, el itinerario, los medios de supervivencia, pero sigues con un gran sello rojo: Negado.

No debería importar, hay muchos otros planetas que visitar, pero duele. Los recuerdos dicen que algo en la evolución ha seguido un curso en círculos, que la apariencia de movimiento ha sido en una ruta en círculos y no lo notaste. Pero en esa extraña ruta los sentimientos han ido cambiando, las maneras también y la situación personal de cada quién también. De pronto el descubrimiento te dice que no es suficiente, que quieres más y que quieres un cambio. Como es una relación bilaterial depende del otro lado también y es posible que las negociaciones diplomáticas no sean favorables. Al menos esos que son tu medida te abrieron los ojos.

Solo queda confiar y esperar.


Copia de seguridad

Al final he decidido no copiar mi antiguo celular y empezar de nuevo. Tras copiar manualmente los números he podido dejar muchas cosas atrás. De nuevo hay una gran bolsa de reciclaje y un gracioso fuego en el patio. Aunque parece imposible no acumular recuerdos y dejar huellas del pasado, al menos aún nos queda la oportunidad de decidir reiniciar.

jueves, 12 de marzo de 2015

Anoche soñé contigo

A los que partieron
A los que nos quedamos


Son las 5:00 a. m., me ha tomado un momento ubicar donde estoy. Es la sala en casa de mis padres, he dormido en su sofá. Mi mamá ya está en la cocina. Me he puesto los anteojos y he recordado el sueño que me ha hecho despertar.


Alberto

La moto se estacionó en la puerta de la casa y la copiloto bajó. No ha pasado un minuto y el ruido de la puerta, la voz inconfundible de la uruguaya y la risa de mi mamá se han mezclado. He saludado rápidamente y he esperado que otra voz, más profunda, se escuchara:

"¡Sube, flaca!"

Una mirada a mi mamá y he salido corriendo. Allí estaba él, aún sobre la moto. Incluso ahí sentado era evidente lo alto que era, siempre agachaba la cabeza al entrar a la casa mientras decía animoso a mi papá: "gordito, agranda la puerta, pues". (Cada vez que eso pasaba lo miraba asombrada y juraba que mi papá era amigo de MacGyver, se le parecía... luego supe que mi hermana pensaba lo mismo).

Ni bien me acercaba a la moto ya me estaba sentando en ella y durante unos buenos 15 minutos daba vueltas agarrada a su espalda. Mi imaginación infantil me dice que alguna vez perdí un zapato poco apropiado para la velocidad, él dio la vuelta y lo recogió sin detenerse. No creo que haya sido así, pero así lo recuerdo.

Alberto no era de muchas palabras, pero sus acciones delataban su afecto.  Una mala operación a la vista lo alejó de las motos. Una mañana cuando ya no era niña lo vi en la calle y fue la única vez que no lo vi en casa de alguna de las familias, también fue la última vez que lo vi.

Lloré su partida, pero en sueños lo veo de nuevo en su moto, lo veo de nuevo feliz.


Eugenio


6:00 a. m. la llamada de mi mamá me ha sorprendido. Hoy ha muerto el último de los Ordoñez-Huerto. La bisabuela ya tiene a todos sus hijos con ella. He recordado a Eugenio con sus visitas inesperadas, su Rosita y cierto oso-radio de mi infancia. Pero la noticia me ha hecho recordar también a Jorge con sus monedas y sus tardes de hípica, a Aída y Josefina con sus semblantes dulces que ocultaban miradas severas y risas traviesas, a Salvador y sus postres, pero sobre todo a Zoraida su caminar cadencioso, sus ojos claros, su muñeca negra.

Zoraida era mi abuela, cuando estaba con ella siempre estaba haciendo algo, cocinando, lavando, tejiendo… pero no la recordaba leyendo. Me tomó unos años descubrir que era porque cuando yo estaba no era hora de recreo. Los sábados por la tarde era otra la historia, la puerta de su cuarto se cerraba, la barra de chocolate o el pocillo con helado (según la temporada) salían de su escondite, novelitas rosa, publicaciones de ciencia, tengo muchas versiones de la selección favorita… cuentan que las carcajadas y el silencio se intercalaban. Es en esos sábados como la sueño cuando decide visitarme en medio de las noches.

Se fue muy pronto pero nos dejó a otros para contarnos su historia. Creo que hubiera querido ser médico, escritora o voleibolista profesional… su tiempo y la vida no la llevaron por ese camino… pero mujeres como ella, llenas de sueños que trabajaron mucho, son la razón por la que las siguientes generaciones tuvimos una vida diferente… no por nada hoy mi hermana es médico y yo hago libros que quiero creer a ella le gustaría leer. 



Soñar contigo

Tener sueños vívidos con los que ya partieron puede ser extraño, pero siempre despierto sonriendo después de tenerlos. Esos días no importa sentirme más cansada, creo que es la manera en que me dejan saber que están bien. Por mi parte, recuerdo cuánto los echo de menos y vuelvo a agradecer que se hayan cruzado en mi vida.




miércoles, 4 de marzo de 2015

Mi problema con el desayuno... y otras tradiciones alimenticias

A mamá, Doina, Mónica y Ángela


- ¿Qué comemos?
- Lo que sea.

Esa es la respuesta con la que padres, amigos y novios se han chocado más de una vez. Tengo marcadas en una libreta las fechas exactas de las veces que me antojó comer alguna cosa en particular. Pero no me mal entiendan, una vez frente al plato lo disfruto y mucho. Además, suelo ser la favorita del cocinero de turno pues me complace el plato más simple.

Ayer mientras accedía al antojo culinario de mi querido Jonás, volví a pensar en esto, pero sobre todo en el que es, sin lugar a duda, mi archienemigo: EL DESAYUNO.

Mi mayor desafío desde niña y mi cruz desde que me diagnosticaron problemas de asimilación es el primer alimento del día. Mis médicos han sufrido al darse cuenta de que más que controlar que no coma, lo que deben hacer es conseguir que lo haga.


Del quáker al jugo

Las mañanas de mi etapa escolar no se definieron por la batalla de levantarme. En esa época ni se me pegaban las sábanas ni detestaba ir a clase. El día empezaba bien hasta que mi madre me sentaba a la mesa a desayunar. De la leche intomable, encontré consuelo en una taza de quáker (avena) con canela. Por alguna razón, ese "menjunje" espeso y sabroso se abría paso en mi garganta y lograba permanece tibio en mi estómago hasta la hora de la lonchera. Pero la alegría fue pasajera, pronto las manchas rojas en mis brazos y piernas anunciaron el fin de una era feliz. Mis alergias cobraron una nueva víctima y el quáker se unía a la lista de la naranja, fresa, mango, chocolate, mariscos, etc.

Llegó entonces el famoso "jugo" una mezcla de papaya, piña, plátano, miel y algarrobina era anunciada por una vieja licuadora oster (que funcionaba de alarma también porque su traqueteo era indicador de que si no bajaba pronto a la cocina estaría en problemas). Debo admitir que 10 años tomando el mismo desayuno fueron más que un reto y en cuanto estuve en la universidad fui feliz al negarme a continuar con la tradición. Desde ese tiempo el único desayuno que conocí eran los que con aire de almuerzo se organizaban en casa por algún cumpleaños o visita de familiares. Siempre tarde, siempre provistos de manjares poco habituales y que satisfacían el estómago más exigente hasta desear un mate ya muy entrada la tarde.


Del amor y otras recetas médicas

Cuando empecé a trabajar el desayuno se convirtió más de una vez en una excusa romántica. Mis horarios poco regulares hacían que en mis esfuerzos por no dejar de ver a mi entonces novio organizara desayunos de vez en cuando. Era divertido y me reconcilió con esta tradición alimenticia. Pero nunca fue algo de todos los días. El jugo diario de mi madre se vio reemplazado por un café simple que no solo me despertaba sino que se convertía en un episodio social en alguna de las oficinas en las que trabajé (seguida esa primera taza de muchas más durante el día).

La primera sentencia médica fue alejarme del café y la segunda más difícil aún fue la orden de desayunar: "a diario, una hora después de despertar". Solo me reí.


Tomates, pimientos y fiambres


Cuando empecé a viajar fui la alegría de los hospedajes, solo cuando viajé acompañada (el menor número de veces) usé los desayunos incluidos. Pero con el tiempo, al tener más amigos repartidos por el mundo es más frecuente que me quede en casas de familia.

Ya he hablado de mi casa rumana y su cocina gentil. Pues el desayuno no es una excepción, cada mañana una bandeja de queso, tomate o pimiento y fiambres estaba esperándome. Una celosa vigía se aseguraba de que mi gratitud por las atenciones me hiciera vaciar la bandeja. "Doina, ¿has hablado con mi madre?", una sonrisa triunfante me respondía que no era necesario. Pronto llegó la pregunta, "¿qué sueles desayunar? tú pide lo que quieras". "Lo que haya" fue la respuesta automática, seguida de un "no suelo desayunar" ante la réplica silenciosa que me exigía una respuesta más completa. Así llegaron los huevos pasados, las ensaladas de frutas y más pimientos y más tomates... era el desfile de las mañanas madrileñas acompañado de la sonrisa desafiante de mi enemigo matutino.


Quesos, yogures, zumos y almendras

Las rumanas se hablaban rápidamente por el teléfono mientras Monica le avisaba a Doina que esta peruana había llegado al fin a Atenas. No me cabe duda de que el desayuno fue un tema de conversación. 8:00 en punto la bandeja estuvo frente a mí, "Being a tourist is a hard job!" me dijo Monica. Café a la griega, tres tipos de queso agrio, tostadas, una mandarina y tres dulces de almendra debieron ser devorados antes de poder poner un pie en la calle. Así fue cada mañana con su cambios pero la bandeja vacía era el único pase para poder perderme en esa ciudad nueva e intrigante que era Atenas con su Tzipras y su Partenón, con una idea de democracia que no existía en casa porque frente al desayuno yo no tenía voto.


Mañanas de Colacao 

En Sevilla no apellido León, soy Calderón a veces, pero a la hora de la comida soy sin lugar a réplica Del Estal. El ojo vigilante de mi Ángela no perdía uno solo de mis movimientos. Prueba suficiente aquella tarde en que seriamente anotó que no había comido mi fruta del almuerzo y decretó que me tocaría esa noche doble ración.

A la hora de los alimentos era una más de los chicos, y junto a Angie y Pablo la leche con Colacao era mi desayuno de elección (claro junto con las tostadas, el paté, el tomate o lo que hubiera, incluso cierta inimaginable Palmera). Mi condición de "hija" era la predominante, me preguntaba si las rumanas también habían llamado a mi casita en San Julián, o sería quizás mi madre... Pero no, mis hermanos chicos estaban bajo la misma mirada y tenían tan pocas oportunidades como yo de escapar, solo que para ellos no era la misma batalla. Mi adversario me miraba burlón mientras notaba que el hábito se volvía a impregnar en mi ser.


Vencida

Mis médicos son más felices cuando vuelvo de viaje, saben que si algo hice fue comer esas 5 veces al día que ellos quieren. Se preocupan al verme regresar, conocen que aquí la supervisión constante no está, que no hay ninguna madre vigilante cuando despierto en mi cuartel de Magdalena. Sin embargo, el inteligente desayuno ha notado algo que los médicos no: mi nostalgia.  De eso se aprovecha cuando voy a hacer la compra semanal. Los tomates entonces asoman en mi canasta, el yogur me sonríe fresco al salir del refrigerador. Hoy me di cuenta que vuelve a triunfar cuando me encontré en mi oficina (dos horas después de despertar), frente a la pantalla de la computadora pero desayunando.





(Para los que sufrían con la leche, este clásico de la infancia que mi madre me hizo escuchar desde chica bajo la premisa de nunca sonar así porque hacer berrinches no iba conmigo.)