El diario personal
A lo largo de mi infancia y adolescencia me regalaron varios de estos "diarios" con sus portadas en colores pasteles y sus páginas perfumadas (y un candado fácilmente franqueable debo decir). "Para que escribas tus secretos" me dijo una vez mi madrina. Páginas de páginas se fueron llenando con los sucesos del día, con las ideas que se me ocurrían, con las fantasías que inventaba. Los recuerdo como un ejercicio de memoria tanto como de imaginación. Sin embargo, eran páginas para no ser leídas por nadie más que por mí misma (y eventualmente mi hermana que me enseñó lo fácil que cedía el candado).
Cuando creí que estaba curada de la idea de diario personal estaba empezando mi vida universitaria. La agenda (que hasta entonces había sido una imposición escolar y únicamente para señalar tareas y evaluaciones) se volvió una extraña protagonista. No puedo olvidar los abultados cuadernos que cargaba llenos de TODO. Mis agendas se volvieron un espacio en el que, cual anales históricos, se registraban minuciosamente los sucesos de mi día a día. Y claro empecé a ver los secretos aparecer en los rincones porque por ahí aparecía la hora en que me crucé al chico que me gustaba a ver si la semana siguiente pasaba por el mismo lugar y tenía "suerte". También estaba la cuenta de llamadas telefónicas hechas desde casa y que tenía que tener cuidado de no pasarme para que mis padres no notaran que subía la factura. Y así montones de claves que eran nuevamente solo para mí.
Aunque de manera mucho más sintética que mis diarios, el ejercicio en mis agendas fue el mismo: un largo monólogo de mi existencia que tenía a mí misma como única receptora (salvo cuando le mostraba algunas páginas a mis amigas).
Recuerdo la madrugada en que los quemé para escándalo de mi madre. Fue el día que me di cuenta de mi obsesión con la memoria y el momento en el que los dejé ir no sin preguntar por qué los sentía tan necesarios.
"Mariana está..."
He revisado y mi cuenta en Twitter fue abierta en julio de 2007 y la de Facebook en algún momento del 2008. Al dar una pasada por el timeline de ambas redes me ha divertido ver la manera en que ha cambiado el uso que doy de ellas.
Algunos posts o tweets son en tercera persona (una moda que felizmente pasó) en respuesta a la pregunta básica de las redes sociales "¿qué estás pensando?"... "Mariana León está esperando que termine el trabajo". "Mariana está viendo una película". Con el tiempo y las facilidades que ahora permiten las redes se han vuelto más un espacio para compartir enlaces, para publicar frases "ingeniosas", para hacer reclamos públicos por malos servicios y para ventilar en muchos casos tu estado anímico. (No puedo olvidar el intentar medir nuestra popularidad o el éxito de un nuevo look a partir de "likes").
A simple vista, estos nuevos espacios son diferentes al diario personal, se supone que esto es "público", bueno o entre tus amigos si te detienes a navegar entre los ajustes de privacidad que te ofrecen las redes. Ya no es uno mismo el único receptor de tus andares cotidianos, hay otros receptores y estos te imponen también reglas. La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿por qué los necesitamos?
El receptor
Durante los años que llevo usando las redes se han ido forjando netiquettes que guían sobre qué publicar, qué no publicar, qué tipo de publicaciones te dan cierta imagen y cuáles la destruyen (dependiendo de los círculos a los que quieres pertenecer).
Sin embargo, a pesar de esta apariencia de público, no puedo dejar de notar que hay algo en común entre ese diario y las redes. Creo que en ambos casos lo que se logra es darte la sensación de que expresas muchas cosas, pero sin decirlas de verdad. A lo largo del tiempo nos hemos llenado de espacios que nos confortan con un efecto placebo para evitar que hablemos y digamos directamente aquello que sentimos.
Se nos ha enseñado que está mal exponer lo que realmente pensamos o sentimos frente a los demás, estamos llenos de reglas sobre lo que es y lo que no es apropiado. Las redes sociales no son diferentes porque lo más probable es que aquella persona que realmente es quien esperamos nos lea no está ahí porque ya la bloqueamos, porque nunca estuvo en nuestra red o porque simplemente pasa de nosotros.
A quien no me lee
Sé que hay razones para imponernos reglas al momento de expresarnos, nociones tales como respeto o tolerancia vienen a mi mente. Pero ¿cuál es el límite? Los seres humanos nos hemos ido llenando de barreras que nos obligan a depender de habilidades tales como la interpretación, la lectura de signos, de expresiones corporales. ¿No es más sencillo decir lo que sentimos? ¿No perderíamos menos tiempo sin tanta insensatez?
Aunque tengamos la sensación de que podemos expresarnos mucho más, no creo que sea así. Entre los sentimientos que no queremos herir y la necesidad de no herirnos (como suponemos que pasará) ya no somos capaces ni siquiera de decir libremente "te quiero". Nos hemos programado para temer más a la reacción del otro que a vivir con expresiones oprimidas en el pecho.
Al final, seguimos buscando espacios donde escribir nuestros secretos, pero como siempre dejándolos expuestos a ver si con suerte alguien (siempre con un rostro en mente) los lee. Ojalá que poco a poco despertemos y tengamos más valor de decir de frente aquello que solo solíamos escribir... puedo decir que aunque a veces ha dolido terriblemente, nada se compara a la sensación de no decirlo nunca.
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