¿Por qué?

Porque a veces tengo la cabeza llena de ideas que nunca digo y porque me debato todos los días entre ser Marianne o Elinor voy a poner toda la locura en este lugar. No pienses que es un blog sobre amor o parejas, tampoco es sobre poesía o música, menos sobre educación o política. Es solo un cuaderno más de (in)sentatez y mucho sentimiento...
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miércoles, 11 de noviembre de 2015

A ti que no me lees

Las veces que me siento a escribir en este blog hay una pregunta que se viene siempre a mi cabeza: ¿para qué? La tecnología nos ha ido llenando de espacios en los cuales podemos "expresar" ideas, pensamientos y "compartirlos" con el mundo. Esto me hizo pensar en nuestra necesidad de comunicarnos con los demás y he hecho memoria de los muchos episodios que esta necesidad ha tenido en mí.

El diario personal

A lo largo de mi infancia y adolescencia me regalaron varios de estos "diarios" con sus portadas en colores pasteles y sus páginas perfumadas (y un candado fácilmente franqueable debo decir). "Para que escribas tus secretos" me dijo una vez mi madrina. Páginas de páginas se fueron llenando con los sucesos del día, con las ideas que se me ocurrían, con las fantasías que inventaba. Los recuerdo como un ejercicio de memoria tanto como de imaginación. Sin embargo, eran páginas para no ser leídas por nadie más que por mí misma (y eventualmente mi hermana que me enseñó lo fácil que cedía el candado). 

Cuando creí que estaba curada de la idea de diario personal estaba empezando mi vida universitaria. La agenda (que hasta entonces había sido una imposición escolar y únicamente para señalar tareas y evaluaciones) se volvió una extraña protagonista. No puedo olvidar los abultados cuadernos que cargaba llenos de TODO. Mis agendas se volvieron un espacio en el que, cual anales históricos, se registraban minuciosamente los sucesos de mi día a día. Y claro empecé a ver los secretos aparecer en los rincones porque por ahí aparecía la hora en que me crucé al chico que me gustaba a ver si la semana siguiente pasaba por el mismo lugar y tenía "suerte". También estaba la cuenta de llamadas telefónicas hechas desde casa y que tenía que tener cuidado de no pasarme para que mis padres no notaran que subía la factura. Y así montones de claves que eran nuevamente solo para mí.

Aunque de manera mucho más sintética que mis diarios, el ejercicio en mis agendas fue el mismo: un largo monólogo de mi existencia que tenía a mí misma como única receptora (salvo cuando le mostraba algunas páginas a mis amigas)

Recuerdo la madrugada en que los quemé para escándalo de mi madre. Fue el día que me di cuenta de mi obsesión con la memoria y el momento en el que los dejé ir no sin preguntar por qué los sentía tan necesarios.







"Mariana está..."

He revisado y mi cuenta en Twitter fue abierta en julio de 2007 y la de Facebook en algún momento del 2008. Al dar una pasada por el timeline de ambas redes me ha divertido ver la manera en que ha cambiado el uso que doy de ellas.

Algunos posts o tweets son en tercera persona (una moda que felizmente pasó) en respuesta a la pregunta básica de las redes sociales "¿qué estás pensando?"... "Mariana León está esperando que termine el trabajo". "Mariana está viendo una película". Con el tiempo y las facilidades que ahora permiten las redes se han vuelto más un espacio para compartir enlaces, para publicar frases "ingeniosas", para hacer reclamos públicos por malos servicios y para ventilar en muchos casos tu estado anímico. (No puedo olvidar el intentar medir nuestra popularidad o el éxito de un nuevo look a partir de "likes").

A simple vista, estos nuevos espacios son diferentes al diario personal, se supone que esto es "público", bueno o entre tus amigos si te detienes a navegar entre los ajustes de privacidad que te ofrecen las redes. Ya no es uno mismo el único receptor de tus andares cotidianos, hay otros receptores y estos te imponen también reglas. La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿por qué los necesitamos?


El receptor

Durante los años que llevo usando las redes se han ido forjando netiquettes que guían sobre qué publicar, qué no publicar, qué tipo de publicaciones te dan cierta imagen y cuáles la destruyen (dependiendo de los círculos a los que quieres pertenecer).

Sin embargo, a pesar de esta apariencia de público, no puedo dejar de notar que hay algo en común entre ese diario y las redes. Creo que en ambos casos lo que se logra es darte la sensación de que expresas muchas cosas, pero sin decirlas de verdad. A lo largo del tiempo nos hemos llenado de espacios que nos confortan con un efecto placebo para evitar que hablemos y digamos directamente aquello que sentimos.

Se nos ha enseñado que está mal exponer lo que realmente pensamos o sentimos frente a los demás, estamos llenos de reglas sobre lo que es y lo que no es apropiado. Las redes sociales no son diferentes porque lo más probable es que aquella persona que realmente es quien esperamos nos lea no está ahí porque ya la bloqueamos, porque nunca estuvo en nuestra red o porque simplemente pasa de nosotros.

A quien no me lee

Sé que hay razones para imponernos reglas al momento de expresarnos, nociones tales como respeto o tolerancia vienen a mi mente. Pero ¿cuál es el límite? Los seres humanos nos hemos ido llenando de barreras que nos obligan a depender de habilidades tales como la interpretación, la lectura de signos, de expresiones corporales. ¿No es más sencillo decir lo que sentimos? ¿No perderíamos menos tiempo sin tanta insensatez?

Aunque tengamos la sensación de que podemos expresarnos mucho más, no creo que sea así. Entre los sentimientos que no queremos herir y la necesidad de no herirnos (como suponemos que pasará) ya no somos capaces ni siquiera de decir libremente "te quiero". Nos hemos programado para temer más a la reacción del otro que a vivir con expresiones oprimidas en el pecho.

Al final, seguimos buscando espacios donde escribir nuestros secretos, pero como siempre dejándolos expuestos a ver si con suerte alguien (siempre con un rostro en mente) los lee. Ojalá que poco a poco despertemos y tengamos más valor de decir de frente aquello que solo solíamos escribir... puedo decir que aunque a veces ha dolido terriblemente, nada se compara a la sensación de no decirlo nunca.


viernes, 25 de septiembre de 2015

Médico de familia

Una vez más me encuentro en esta duda entre obedecer a la sensatez o navegar un rato con el sentimiento. Han sido un par de días cansados, y no solo por los niveles ridículos de mi hemoglobina, sino por un ritual al que estoy lejos de acostumbrarme.

Jueves

8 a. m. "estire el brazo, haga puño, respire..." unas veces espesa, otras veces muy líquida mi sangre llena los tubitos. Esta vez tuve suerte, encontraron a la primera la vena, pero un ardor característico me hace saber que no será un buen día para mi brazo. "No te quejes", me reprendo a mí misma, sí sé que no es tan grave. La visita al "vampiro" tiene su fecha programada, más precisa e inamovible que fecha de pago o peor que de cobranza, pero es una al mes, casi nada.

Desde el momento que me dicen que al día siguiente estarán los resultados la suerte queda echada.


Viernes

9 a. m. "a ver su orden, tiene exámenes pendientes, vaya al consultorio 612" (entrego todo en orden, pero aún así el rostro de la asistente es de "favor")
9:15 a. m. "tome asiento hasta que la llame la doctora"

El ritual empieza, coger el celular, revisar el correo, un par de intentos en Candy Crush... "¡Gómez!" un paciente que sale, otro que entra, ya son 9:25 a. m.,  un par de vistazos a la sala, de nuevo la vista al celular... Son 9:40 a. m. ¡Ruiz!... así el baile continúa hasta que dan las 10:15 ..."¡León!"...

Al fin en el consultorio, balanza, medida y llega la sentencia: "no estás siguiendo las indicaciones, seguro que has hecho esto, seguro que no has hecho lo otro"... (Con los años he aprendido a asumir que siempre es mi error).
Silencio y, por fin, lee los resultados de laboratorio y el discurso cambia: "ah no, es esto... y esto otro, te tengo que cambiar la dosis".  Respiro, no me la puedo comer viva... pero entonces llega el comentario: "uy pero seguro que estás cansada y ¿cómo está el estómago? y ¿no has sentido esto otro?" Entonces después de repetir por milésima vez: "sí... mal... sí" es el momento en que recuerdo que esos son los síntomas que me hicieron ir a consultar el médico y que esas fueron las primeras tres preguntas que me hizo cuando estuve sentada frente a él en nuestro primer encuentro.

Médico de familia

¿Qué pasó con el médico de familia? Sí, ese que cual doctor Baker de La casa de la Pradera conocía los milagros y pecados de cada quien, ese que sabía todo el historial y que por eso pensaba en un tratamiento que se ajuste a la persona. Desde mi diagnóstico hace ya 3 años he pasado por varios especialistas, particulares y en clínicas. Uno suele entender que el médico de clínica (u hospital) trabaja a destajo, apurado por cumplir una cuota, lo que justifica su trato impersonal, pero no son los particulares muy diferentes (aún con listas limitadas de pacientes e infladas tarifas). No soy una niña, no pido engreimiento, pero lo mínimo que agradecería es que ni insulten mi inteligencia ni mi malestar.

No creo ser mala paciente, cuando no cumplo al 100% las indicaciones lo digo, reconozco mi responsabilidad. Tampoco soy de las que se lee todo en internet y se cree que sabe más que el especialista. Pero lo mínimo que espero es que lean sus notas antes de recibirme, que antes de reprenderme se fijen si hay algo más que pueda estar ocasionando el mal y no asumir que soy el único motivo.

Mi hermana es médico y la considero muy buena y acertada en sus diagnósticos (aunque no la puedo considerar una excepción entre sus colegas). Cada vez que alguien le dice algo poco fundamentado sobre medicina ella solo responde sonriente: "Siete años". Y es verdad, un médico pasa por lo menos 7 años formándose para obtener su título, pero lo que me pregunto ahora es si es que ese largo periodo de rotaciones, disecciones, bademecums y anatomía no les hicieron olvidar al paciente, ese que solo quiere sentirse bien y que paga sus honorarios. O no sé si es culpa de los pacientes que no hacen caso y los demás pagamos por ellos.

Prescripción

Los sentimientos me han ganado un buen rato, he salido de la consulta desanimada, con la mala sensación de un trato frío. La prescripción está dada, las dosis variadas, la lista de medicinas cada vez más larga. He pasado por la farmacia donde una joven adormilada, lenta, poco amable se ha demorado otra media hora en despachar dos cajas de medicinas (las demás no las cubre mi seguro). Una mañana casi completa ha pasado y más que sentirme aliviada, presiento que salgo algo más enferma. El sistema de salud en general me enferma.

Ya en el trabajo he decidido hacerme yo misma otra receta, una que por su puesto no deje mi bolsillo más agujereado:
- Un post en un blog insensato, muchos correos electrónicos laborales para distraerme y una taza de té de Granada ni bien pise mi casa (para recordar mis vacaciones ahora tan lejanas).

martes, 26 de noviembre de 2013

Girls... (Wo)men up!

Gracias a @eraser, quien me hizo hablar.


“Nunca participaría porque es una actividad creada por hombres y para hombres”, fue la sentencia. Y hubo un momento de silencio entre los que seguíamos la discusión entre dos amigas.

Estaba en una mesa con gente a la que conocía menos de 6 horas, en Pamplona-España, a más de 8000 kilómetros de casa. Quizás por eso fui más Elinor esa noche, ¿qué les puedo decir? Soy mejor escuchando que hablando y mi sentido de prudencia es mi cruz. (Ya, está bien, solo a veces… puedo oír a amigos, que conocen mi mal genio e impaciencia, riendo)

Voy a ser sincera, no soy feminista y muchas veces me he descubierto actuando de forma machista. ¿Qué puedo hacer son herencias culturales, no? Lo que no significa que no las trate de modificar. Poco sé de teoría de género y confieso (lo crean bueno, malo o regular, o simplemente no les interese) que nunca he tenido mucho interés en saber del tema. Solo doy una opinión si me ampara la experiencia y sé que por eso me consideran tibia. Pero cuando escuché ese comentario me pregunté ¿no está marcando una diferencia? ¿No está reconociendo que hay espacios para unos y no para otros? No me malentiendan, no es que no crea que la sociedad piense que hay cosas que solo puede hacer un hombre y no una mujer. No soy tonta, ni ciega. Lo que creo es que a veces hacemos lo mismo que tanto nos espanta.

Yo creo q hombres y mujeres somos diferentes… esperen, esperen no me lancen la piedra todavía. Creo que somos diferentes y la última vez que revisé diferente no era sinónimo de mejor o peor. Si tomo por ejemplo la fábula de la libre y la tortuga creo que puedo ejemplificar lo que quiero decir. Creo que nadie me va a discutir que los dos animales son diferentes. Tampoco creo que nadie niegue que la liebre escogió para competir un contexto que la favorecía, pero ¿eso evitó que la tortuga aceptara el reto? Pues no. Y yo no creo que la tortuga no supiera de las diferencias, lo que es cierto es que no le importaba. Seguro la carrera le iba a costar más esfuerzo que a su oponente, pero eso no la hacía menos capaz de ganarla.

Lo que me molesta muchas veces es que nos tomamos más tiempo reclamando que vivimos en una sociedad que es de tal o cual manera, que en ponernos a trabajar. ¿No es acaso mejor ejemplificar la igualdad al demostrar que sin importar la ideología detrás somos capaces como cualquiera de participar, aportar y alcanzar metas? ¿O lo que esperamos es que nos hagan reglas especiales como si careciéramos de algo y necesitáramos que nos faciliten las cosas?

No me queda claro qué se trata de demostrar. ¿Es entonces ser feminista mejor que ser machista o quizás ser comunista que capitalista o tal vez agnóstico que profesar una religión? Dudo hasta qué punto buscamos “igualdad” y hasta qué otro solo continuamos pensando que nuestra manera de pensar es mejor que la de otros. Se supone (¡!) que en este siglo XXI consideramos que ninguna cultura o ideología es superior que otra.
Qahera. Parte 1



Producto de toda esta discusión Vanessa (@LaCalamitosa_) me presentó el comic Qahera:the superhero.


Lo que me gusta de esta propuesta no es su origen, no es que a diferencia de otras posturas parezca reposicionar el uso de velo (lo que no es cierto), tampoco que luche contra hombres. Lo que me gusta es que no se limita a ver un lado de la moneda. Esta propuesta reconoce que no es solo el aparente opresor el que excluye o minimiza, sino que también los supuestos “salvadores” buscan imponer una manera particular de pensar.




Chicas, seamos MUJERES pongámonos metas y alcancémoslas. Si quieren ser ingenieras de minas, físicas o conductoras de camión de carga no lo hagan por contradecir a un hombre, ni lo dejen de hacer porque el programa de estudios o el entorno laboral sea masculino. Háganlo porque es lo que quieren, lo que las hace felices. Pero sepan que como la tortuga solo podrán hacerlo un paso tras otro, sin atajos, dando el máximo esfuerzo y el éxito o fracaso solo dependerá de su fe en conseguirlo.