Del
golpe al beso: cómo convertir en príncipe a una rana
La
televisión estaba prendida, era un domingo durante el almuerzo, detesto que
veamos tele mientras comemos. Empezó uno de los miles comerciales y escucho la
voz lastimera de una chica: “Sin novio y nada que ponerme”. Alzo la vista y veo
un sapo de brillante personalidad que la consuela regalándole ropa, la chica
feliz (¡obviamente!). Pero falta algo, llega la pregunta : “¿Y el novio?”.
“Beshoooo” dice la rana y en el acto se convierte en un apuesto príncipe.
“¡Listo!
una generación más de engañadas”, digo mientras me río. Mi hermana me mira
extrañada, mi papá deja de comer…Pienso un momento en si debo o no seguir
hablando, quizás sea mejor callar. Pero alguien dice: “Todas las chicas quieren
encontrar a su príncipe rana y convertirlo con un beso de amor”.
No
hay marcha atrás. Debo hablar… “y ¿quién les ha dicho que fue un beso lo que
convirtió a la rana?”
El
príncipe rana es un cuento recontra conocido: el engreído noble que es
castigado por una hechicera y deberá esperar a que una joven princesa lo bese
para volver a ser príncipe… (suspiro) (suspiro) “sí, esa es LA historia” dirán
muchas… mis alumnas de la facultad de educación me lo decían con ojos soñadores
semestre tras semestre.
Pero
yo pregunto (sean sinceras…) ¿quién besaría una rana? Yo, no.
Aunque
aparentemente hay más de una dispuesta a sacrificarse. El futuro suegro de
Shrek (recuerden la segunda película) ha marcado a muchas generaciones de
mujeres que viven ilusionadas con que solo su amor podrá cambiar a la rana de
su elección. Es así que aguantan a sujetos inmaduros que se escudan en “ser
hombres” para justificar su falta de deseo de escucharlas, de ser observadores,
comprensivos, de sacrificar su individualidad para mantener una relación y ser
parte de una pareja, etc. Con esto no quiero decir que las mujeres seamos unas
santas, podemos ser todas unas joyas de la corona, engreídas, demandantes,
incongruentes… (sí, sí recuerden que tenemos nuestra buena viga en el ojo).
Todo
cuento tiene más de una versión y de este hay una que se ha olvidado: la
primera. En esa, la rana hizo que la princesa le diera de comer de su plato,
beber de su copa y dormir en su almohada. ¿Nada más? preguntaría yo. Pues
aparentemente sí, la querida ranita, ya en la almohada, comienza a lamer el
rostro de la dulce princesa. Sí, señoritas, a lamerlo (¿qué asco no?)… Pregunto
¿qué haría entonces que la princesa decidiera en ese momento darle un beso?
(¡!) Después de verse invadida por la rana, de haber tenido que compartir con
ella objetos personales, ¿realmente se le ocurriría besarla? La respuesta
lógica sería que no y, en efecto, esa es la que se da en esta versión
(recopilada por los famosos hermanos Grimm por cierto).
La
humillada princesa harta del trato que está recibiendo se preguntará (¡Al fin!)
¿Valía realmente la esfera de oro toda esta humillación? Es solo en ese momento
que podrá darse cuenta de que es más grande y más fuerte que una rana y la
arrojará contra una pared para alejarla. Es el golpe lo que hace que la rana
desconcertada se transforme.
Lamentablemente,
la princesa tuvo que tocar fondo para encontrar la fuerza de enfrentarse a la
rana. Cuando recuperó su dignidad es cuando logró transformarlo.
Todas
queremos transformar a nuestra rana favorita, no hay problema en eso. Pero
quizás sea tiempo de cambiar el método. Seguro en el camino escogemos alguna(s)
que no quiera(n) cambiar, entonces la(s) devolvemos a su estanque, ya aparecerá
otra que sí esté dispuesta a hacerlo.
Soundtrack: Para no buscar amores cobardes escuchemos a Silvio Rodriguez y recordemos que "La cobardía es asunto de hombres no de los amantes..."

Es verdura!ja ja
ResponderBorrarja, ja, ja gracias por comentar,
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