¿Por qué?

Porque a veces tengo la cabeza llena de ideas que nunca digo y porque me debato todos los días entre ser Marianne o Elinor voy a poner toda la locura en este lugar. No pienses que es un blog sobre amor o parejas, tampoco es sobre poesía o música, menos sobre educación o política. Es solo un cuaderno más de (in)sentatez y mucho sentimiento...

martes, 10 de julio de 2018



Una vuelta a la vida

Han pasado dos años desde mi última publicación. Mi cuerpo me pidió un largo descanso que ha requerido de largas horas de espera, resonancias, cirugía y sigue requiriendo aún más. Pero en todo este indescriptible proceso que muchas veces mi tiroides me hace creer que no tiene fin encontré muchas cosas nuevas sobre las que hablar (escribir) y he iniciado nuevos viajes sorprendentes.

Las cirugías mayores suelen requerir que nuestro cuerpo duerma y durante ese sueño he querido marcar un antes y un después para dejar ir muchos lastres con la intención de hacer espacio, de comenzar de nuevo. Inmovilizada por un buen tiempo se hizo difícil buscar nuevos sellos para mi pasaporte, así que decidí tomar un empleo en una garita de pase fronterizo y dejar que los destinos vinieran a mí.

Genie in the bottle

Sería estupendo poder tener un genio en la botella y pedirle que cumpla nuestros deseos. Esto pasa, sobre todo, cuando queremos olvidar algo que nos lastima o necesitamos decifrar el futuro. Pero, a falta de genio, el líquido contenido en varias botellas es un buen compañero para emprender aventuras.

Es así que una tarde noche dos nuevos mundos que descubrir cayeron en mi garita. Algo apenados y con ganas de engreimiento sellé sus pasaportes y ellos me concedieron visa completa para visitarlos. Mis pasos tímidos e indecisos al volver a empezar se vieron detenidos por un viento alegre e imparable que estos, mis nuevos muchachos, trajeron consigo. Sus personalidades contrastantes se conjugaron bien con mi espíritu vacilante, ya que tienen la pícara cualidad de hacerme sonreír y dejarme llevar por su energía.

A las pocas horas vi con uno de ellos nuestra primera película y sin saberlo se ganó un lugar en este espacio porque fue Orgullo y Prejuicio lo que vimos. No han pasado muchas semanas, pero el recorrido por el mundo que representa está siendo maravilloso y los tratados bilaterales no dejan de firmarse.

Fraternité

En unos días, Dani cumple años y será el primero de los que veré con él (ya voy contando que serán muchos los que vendrán). Con el paso del tiempo se me hace imposible pensar que algo ocurra en mi vida sin que él lo sepa. Y es que así de estrepitosos pueden ser algunos encuentros, esos entre los 'kindred spirits' de los que Anne Shirley no podía dejar de hablar. Desde la llamada a larga distancia cuando al fin pude usar mi pasaporte y volver a volar, hasta los pequeños dramitas que le monto para jugar.

Aún no ha querido ver Sensatez y Sentimiento, pero tarde o temprano lo hará porque esta insensata no ha tenido mejor idea que empezar un conteo muy sentimental en este espacio. Doy por iniciado el jubileo, he renovado mi visa y ya tengo mi guía lista para recorrer este nuevo mundo que encontré.

lunes, 2 de mayo de 2016

Mi vida sin mascotas

                 A Luka, en el día de su partida

Nunca he sido una persona de mascotas. De niña tuve un pescado que murió, según un recuerdo un tanto novelesco del que no tengo confirmación, una mañana poco soleada. Pancho no estaba esperando que lo alimente en su pecera azul y yo no acepté un reemplazo.

He vivido toda mi vida en un departamento ("si entra una mascota, uno de ustedes sale", decía mi mamá) y mi alergia al aire que respiro fueron las excusas perfectas para no tener un perro como sueñan muchos niños. Pero había otra razón, una más difícil de explicar: le tengo miedo a los perros.

No sé cuándo inició, pero sin duda la mascota de mi vecina y su obsesión por sentarse en el borde de una escalera que daba al techo de mi patio y observarme mientras jugaba algo tuvo que ver. No solo me ladraba sino que parecía estar siempre lista a saltarme encima. Mis primeros recuerdos con estos animales son de petrificarme en medio de la calle e incluso llorar para que mi papá me hiciera cruzar a la otra acera.

Cuando llegó el momento de enfrentar las  calles sola no fue diferente, hasta hoy sigo evitando los perros extraños. Pero como en todas las historias han habido excepciones.

Horacio

Creo que era un pastor alemán, pero sin duda Horacio es el que encarna para mí la imagen de perro guardián. Era el mejor amigo de Alberto, sí de aquel genial personaje que pasea en motocicleta por los rincones de mis recuerdos. 

"Cuídala", era la orden que escuchaba de su amo ni bien yo entraba en la casa. Silencioso alzaba las orejas dejando saber que había comprendido y que la misión de vigilancia empezaba. Pasaría la noche a mis pies, pero guardando distancia: él sabía que yo no era muy feliz con los de su especie. Cuando la visita terminaba, sin embargo, esperaba su premio, una constancia de buen comportamiento que le ganara aún más afecto en el corazón de su amo. Entonces mi mano dejaba de temblar y una caricia en el lomo hacía la magia.

No hubo mucha interacción entre nosotros, no juegos, no risas. Pero quise a Horacio y sabía que me quería. Lo demostraba al controlar sus movimientos, al silenciar sus ladridos, al sacrificar sus noches por hacerme compañía.

Luna, Ringo y Pelusa

Pasaron años sin que la necesidad de relacionarme con perros me asaltara. Con el tiempo logré ocultar mi miedo, dejar que lo buenos canes pasaran por mi lado e incluso olfatearan mis pies. Pero pronto comencé a visitar casas de amigos y muchos de ellos tenían fieles compañeros. ¿Qué podía hacer yo? ¿Pedirles que los encierren?

Así llegó Luna a mi vida, una ovejera que me saludaba efusiva y acalorada cuando llegaba a casa de Georgina. Juguetona y engreída como su madre humana, reina coqueta de su casa no dejaba de sorprenderme con su pelaje y sus ojos pícaros. 

Luego vino Ringo, fiel compañero de Carlos y testigo de conversaciones y visitas breves. Capaz de despertar ternura en su amo y quizás el primero de sus congéneres al que aprendí a acariciar una tarde en la que una banda de estudiantes de literatura invadimos su casa para comer lentejas.

Pelusa nunca fue problema, llegó poco antes de que dejara de trabajar en la oficina de la primera editorial que fue mi casa. Con apenas meses de nacida, la "Abuela" me enseñó a arrastrar aquel pedacito de ser porque sus mini patitas no eran lo suficientemente fuertes para andar. Nunca le oí ladrar y es la primer a la que creo que no llegué a temer.

Pufa, Luka y Blas

No estoy segura de que mi temor a los canes se haya curado. Es más me siento incapaz de responsabilizarme por uno. Pero sin duda las cosas han cambiado.

Quince años atrás nadie me hubiera podido decir que viviría bajo el mismo techo que un perro y, sin embargo, así ha sido. Rescatada de la calle por la señora Esperanza, durante 3 años conviví con la Pufa (o Nita o Coneja... Un animalito con problemas serios de identidad ocasionados por los locos humanos con los que le tocó vivir). Desde lograr darle de comer hasta convencerla de volver a entrar en la casa cuando se me escapaba, todos fueron logros con ella. Pero no se ilusionen sigo siendo la tía mala y estricta que solo de vez en cuando la acaricia. Con ella aprendí a reconocer la alegría en el ladrido cuando reapareces en casa tras meses de ausencia u horas de soledad y a sentir ternura por eso.

Blas es mi sobrino. Hermoso y fuerte, lo he visto crecer e incluso es el único por el que me he ofrecido a ser niñera. No sé si tiene que ver con su raza, Beagle, o con que se me contagia el cariño que le tiene su padre. Pero ya no solo preguntar por él es punto importante en mis conversaciones con Jonás, sino que ha llegado a protagonizar mis ficciones interviniendo sus fotografías y convirtiendo su imagen en compañera de mis días. Eso sí en su presencia aún se me arruga un poco el alma... Es que es fuerte y sus músculos merecen mi respecto.

Luka llegó a la historia más tarde, pero ha sido el bellezo que me ha acompañado en mi crisis más reciente. Llegar a casa Ayudante era recibir primero que todo su saludo efusivo junto con una orden ineludible de acariciar su pelo primorosamente recortado y rascarle tras las orejas. Una vez pagado el tributo sin importar la hora sus ojos brillantes y redondos vigilarían hasta el final los movimientos de las visitas. Si la invación a su casa tomaba mucho tiempo una golosina era el necesario y justo precio que pagábamos. Sus ojos no se cerraban hasta ver que nos fuéramos y su ama pudiera irse a dormir.

En estos tiempos me prestó su casa para refugiarme en mis huídas, se dejaba aparecer en mi ballena y apoyaba su hocico con elegante bigote en mi pierna para consolarme. 

Adiós

Varios de estos canes retratados ya no están en este mundo. Pero hoy me quiero despedir del último bellezón que se dio a la tarea de enseñarme a quererles: Luka.

Te pude ver una última vez y escucharte hacerme la fiesta ni bien bajé del ascensor. Extrañaré que me recibas y ese es el mejor homenaje que te puedo dar porque a ti no te tuve miedo, a ti te llegué a querer y hasta me has hecho dudar si de encontrar tu clon le haría un lugar en mi casa.



 

viernes, 22 de abril de 2016

De ballenas de Jonás y algunos cayados


Comprenderán que no hay nada peor para una confesa adicta al trabajo que le digan que debe tomar un descanso. Por mis condiciones de salud, no me ha quedado otra, pero, vamos, que hay que entender que es una adicción...por tanto, la mayoría de veces me han tenido que obligar a detenerme a lo "bruto". Y aunque no me refiero a encadenarme o encerrarme a la fuerza, pues sí a algo muy similar.

Muchas veces estos altos obligados coinciden con una fecha importante para mí: mi cumpleaños. He cumplido 32 años y como para prepararme para iniciar el año 33 de mi vida acabo de superar un largo periodo de enfermedad. Durante esos días, entre fiebre y órdenes de inmovilidad  he podido quedarme sentada frente a la computadora recordando esas llamadas de atención del mundo y las escapadas que desencadenaron de la rutina habitual. Hoy, al ver con mejor perspectiva esos episodios puedo valorar su necesidad.


Cayados (y ausentes)

Si algo ha sido para mí desde chiquilla un grito del mundo para que me detenga son las torceduras de tobillo o esguinces. He perdido la cuenta de cuántas veces me ha pasado y lo cierto es que es un cuadro muy inconveniente y doloroso, no puedes andar ni qué decir subir escaleras, etc. Esos periodos de inmovilidad me han forzado a enfrentar la figura del "cayado" (sí, no un bastón, me gusta más este término tan bíblico, ya diré por qué).

En los periodos de salud ando de arriba a abajo y con prisa lo que me hace olvidar que puedo recurrir a los demás. Pero cuando una extremidad falla no queda otra que buscar ayuda. No es algo sencillo: apoyarte implica un acto muy íntimo para mí y requiere de una inmensa confianza porque entregas tu persona mucho más si estás enfermo que es un estado vulnerable. Se necesita, por lo tanto, algo más que un bastón, el "cayado" es necesariamente más alto que uno y fuerte, una larga pieza de madera como se ven en las películas de Semana Santa.

Esta palabra me gusta además por su contraparte fonética "callado", los enfermos no somos siempre los más pacientes (yo sé que no lo soy). Al estar en estas situaciones he encontrado maravillosos apoyos de carne y hueso, verdaderos "cayados callados" que me tendieron manos cálidas, armados de silenciosa paciencia con las que logré superar la debilidad y no volverme loca. No me puedo quejar siempre he tenido a mi lado verdaderos campeones.

Inevitablemente, al tiempo que descubres esta calidez, las ausencias son también más notorias. Como para hacer un balance del año de vida que va terminando, un nuevo esguince me ha dejado ver algunas importantes ausencias (tanto de antiguos cayados como de candidatos que parecían prometedores y simplemente decepcionaron). Nuevos cayados me han sorprendido, claro, y por ellos solo me queda agradecer.

Ballenas de Jonás



Así como el cuerpo parece necesitar o exigirme descansos, la mente y el corazón resulta que necesitan lo mismo. Después de periodos de mucho ruido o como antesala a grandes cambios he llegado a valorar la necesidad de lo que llamo "ballenas de Jonás". Al igual que el personaje bíblico (sí ya sé que ando algo religiosa en este post, quizás porque hace no mucho fue Semana Santa) necesitó de un periodo de encierro y soledad, que resultó ser epifánico antes de emprender su misión, procuro hacer lo mismo de tiempo en tiempo.

Mis "ballenas de Jonás" han sido muchas, desde reales retiros encerrada en casa sin contacto con otros hasta personas que lograron brindarme el refugio preciso para recargar las fuerzas necesarias y así emprender las empresas propuestas. Pero al final, el efecto es siempre similar. Cuando te detienes inevitablemente todo se calma, el corazón se desacelera y respiras relajado. Dejas de mirar el mundo desde la perspectiva cotidiana y replanteas el mundo que te rodea. Es así que se puede descubrir herramientas y materiales que no había notado o escoger salidas. En la calma los problemas se ven más pequeños o quizás ni siquiera existen.

Hace mucho no sentía la necesidad de refugiarme en una ballena. Pero el inicio de mi año 33 se platea como un momento muy simbólico para hacerlo. He encontrado una que parece ser apropiada. En unas horas que termina mi jubileo anual me dejaré refugiar en la penumbra y el ondulante movimiento del agua que me rodeará dentro del cetáceo. No me echen mucho de menos: volveré más fuerte, con la voz clara y fuerte para decir mucho más.







martes, 2 de febrero de 2016

Obsequios que vale la pena contar

Ayer por la tarde casi perdí un obsequio muy importante para mí. Pensé, después de recuperarlo y de volver a casa con él en las manos, sobre varios sentimientos que surgieron desde el momento en que me di cuenta de que no lo tenía conmigo hasta que lo logré hallar.

Este dije, fue eso lo que perdí, acompañó una serie de obsequios que los Reyes Magos dejaron para mí en mi casa de Sevilla hace ya un año. "Tienes que conservarlo vivo", me dijo la madre que me explicó cómo llevarlo; "solo deja correr el agua del grifo sobre él cuando lo necesite", me dijo la hermana acurrucada bajo el edredón. Anoche contaba que después de un primer intento de búsqueda, desistí y ya me iba a casa apenada, pero resignada. Sin embargo, la fuerza de ese y de varios recuerdos que vinieron a mi mente me hicieron regresar y, finalmente, se vieron recompensados cuando lo encontré.

Claro que el objeto es importante, tanto porque es único y casi imposible de encontrar por estos lares en donde me encuentro, como por la persona que me lo dio. Pero en lo que no pude dejar de pensar en ese momento fue en una serie de obsequios, no materiales que he ido coleccionando estos tiempos y que bien podrían ser los protagonistas de hoy.


Así recuperé mi voz...
(Para Gian)

Hace casi tres años, conocí a un nuevo grupo de personas. Como siempre les digo es probable que si no hubiera sido por una cuestión laboral nunca hubiera hablado con ellas. Al día de hoy, es casi imposible de imaginar mis días sin que hayan hecho su aparición. 

Una tarde uno de ellos me regaló un libro y me dijo que le gustaba cantar. Yo había descubierto los karaokes y dijimos que iríamos un día. Pasaron semanas, lo más seguro que meses y una tarde al fin lo hicimos. 

--¿Quién pidió 'Don´t speak'?
--Yo...
(4 minutos después)
--No lo haces mal, algo temerosa, pero tienes bonita voz... 

Lo que no sabía es que yo tenía miedo de cantar, y ¡cómo no! Me habían dicho que él había llevado cursos y participado en conciertos y musicales... ¿qué podía saber yo? Luego, lo oí cantar, mucho después supe cuánto amaba hacerlo, y, poco a poco, descubrí sus inseguridades. Pero en el camino primero me dijo "vamos juntos al taller de canto" y una tarde nos inscribimos. Así conocimos a Victoria, hace más de dos años que cantamos cada día, que bajamos pistas y nos grabamos, que nos escogemos canciones y que hacemos dúos.

Él no lo sabe aún, lo sabrá hoy, pero con esa invitación me devolvió la alegría y quizás la vida. Dejé de cantar a los 20, olvidé la emoción que me producía, las tardes con mi hermana a la guitarra, el ejercicio de aprender una canción y de hacerla mía. Hoy vuelvo a sonreír mientras canto un verso, a bailar durante un puente y a soltar una lágrima cuando termina la última nota. 


La de papas y la verdulera
(A Ángela)

Ya están servidas en la mesa y no me ha dejado verla mientras las preparaba. 
--No se vale, Ángela. ¿Y ahora cómo las hago de vuelta en casa?

El resto de tardes las he pasado en la cocina, hay una silla a la que le he grabado mi nombre, es allí donde día a día de estos 8 que son con los que contamos le he ido haciendo un retrato de quién soy y ella me ha regalado una hermosa fotografía de quién es ella. "Entonces hay heridas grandes en tu corazón" me ha dicho un día y por primera vez las he visto, las he sufrido, las he atendido. 

Mientras tanto limpio algunas verdura, pico alguna cosa y descubro que algo vuelve a la vida. Hay un nuevo gusto por la comida, y no solo auspiciado por las varias cervezas, pero sobre todo por el "hacer". Desde entonces vuelvo a querer copiar sus recetas, desde entonces cada domingo me levanto por las tardes para preparar las loncheras (para toda la semana para que no nos gane la flojera). Volví a descubrir la cocina, volví a descubrir la serena paz que puedes recuperar al saber que si mezclas huevos, verduras y sal en una sartén tendrás un tortilla.


Good night, love!

Me contaste que lo sacaste de una serie y yo que lo traje de mis paseos, pero, sin importar de dónde lo obtuvimos sabíamos que era importante. Y es que es fácil olvidar el ser afectuosos, el dejarnos ver así vulnerables, expuestos. 

Con los días llegó a obtener tonos también sarcásticos, pero sabemos que cuando terminamos nuestras frases, con "love" o "cariño", es nuestra voluntad de rendirnos a lo inevitable, a un incalculado detalle de nuestra naturaleza. Entre broma y en serio conseguimos reingresar en nuestras vidas conscientes de que llegarán nuevas heridas, de que no somos del acero intocable que nos quisimos convencer que éramos.

"Are you alright, love" resuena en algún parlante, ya descubrí de dónde sacaste la idea, pero sé que mientras te escuche decirlo recordaré mantener en mi vida solo a aquellos que aún se preocupen por decirme esa frase, en el idioma que sea. 




Estos han sido los mejores regalos de los últimos años y no terminaré nunca de agradecerlos. Y es que recuperar tu voz, la pasión por la música y la cocina, y la confianza de decir que quieres a alguien es la oportunidad de reiniciar tu vida, mejor, más fuerte y con alegría. 


miércoles, 11 de noviembre de 2015

A ti que no me lees

Las veces que me siento a escribir en este blog hay una pregunta que se viene siempre a mi cabeza: ¿para qué? La tecnología nos ha ido llenando de espacios en los cuales podemos "expresar" ideas, pensamientos y "compartirlos" con el mundo. Esto me hizo pensar en nuestra necesidad de comunicarnos con los demás y he hecho memoria de los muchos episodios que esta necesidad ha tenido en mí.

El diario personal

A lo largo de mi infancia y adolescencia me regalaron varios de estos "diarios" con sus portadas en colores pasteles y sus páginas perfumadas (y un candado fácilmente franqueable debo decir). "Para que escribas tus secretos" me dijo una vez mi madrina. Páginas de páginas se fueron llenando con los sucesos del día, con las ideas que se me ocurrían, con las fantasías que inventaba. Los recuerdo como un ejercicio de memoria tanto como de imaginación. Sin embargo, eran páginas para no ser leídas por nadie más que por mí misma (y eventualmente mi hermana que me enseñó lo fácil que cedía el candado). 

Cuando creí que estaba curada de la idea de diario personal estaba empezando mi vida universitaria. La agenda (que hasta entonces había sido una imposición escolar y únicamente para señalar tareas y evaluaciones) se volvió una extraña protagonista. No puedo olvidar los abultados cuadernos que cargaba llenos de TODO. Mis agendas se volvieron un espacio en el que, cual anales históricos, se registraban minuciosamente los sucesos de mi día a día. Y claro empecé a ver los secretos aparecer en los rincones porque por ahí aparecía la hora en que me crucé al chico que me gustaba a ver si la semana siguiente pasaba por el mismo lugar y tenía "suerte". También estaba la cuenta de llamadas telefónicas hechas desde casa y que tenía que tener cuidado de no pasarme para que mis padres no notaran que subía la factura. Y así montones de claves que eran nuevamente solo para mí.

Aunque de manera mucho más sintética que mis diarios, el ejercicio en mis agendas fue el mismo: un largo monólogo de mi existencia que tenía a mí misma como única receptora (salvo cuando le mostraba algunas páginas a mis amigas)

Recuerdo la madrugada en que los quemé para escándalo de mi madre. Fue el día que me di cuenta de mi obsesión con la memoria y el momento en el que los dejé ir no sin preguntar por qué los sentía tan necesarios.







"Mariana está..."

He revisado y mi cuenta en Twitter fue abierta en julio de 2007 y la de Facebook en algún momento del 2008. Al dar una pasada por el timeline de ambas redes me ha divertido ver la manera en que ha cambiado el uso que doy de ellas.

Algunos posts o tweets son en tercera persona (una moda que felizmente pasó) en respuesta a la pregunta básica de las redes sociales "¿qué estás pensando?"... "Mariana León está esperando que termine el trabajo". "Mariana está viendo una película". Con el tiempo y las facilidades que ahora permiten las redes se han vuelto más un espacio para compartir enlaces, para publicar frases "ingeniosas", para hacer reclamos públicos por malos servicios y para ventilar en muchos casos tu estado anímico. (No puedo olvidar el intentar medir nuestra popularidad o el éxito de un nuevo look a partir de "likes").

A simple vista, estos nuevos espacios son diferentes al diario personal, se supone que esto es "público", bueno o entre tus amigos si te detienes a navegar entre los ajustes de privacidad que te ofrecen las redes. Ya no es uno mismo el único receptor de tus andares cotidianos, hay otros receptores y estos te imponen también reglas. La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿por qué los necesitamos?


El receptor

Durante los años que llevo usando las redes se han ido forjando netiquettes que guían sobre qué publicar, qué no publicar, qué tipo de publicaciones te dan cierta imagen y cuáles la destruyen (dependiendo de los círculos a los que quieres pertenecer).

Sin embargo, a pesar de esta apariencia de público, no puedo dejar de notar que hay algo en común entre ese diario y las redes. Creo que en ambos casos lo que se logra es darte la sensación de que expresas muchas cosas, pero sin decirlas de verdad. A lo largo del tiempo nos hemos llenado de espacios que nos confortan con un efecto placebo para evitar que hablemos y digamos directamente aquello que sentimos.

Se nos ha enseñado que está mal exponer lo que realmente pensamos o sentimos frente a los demás, estamos llenos de reglas sobre lo que es y lo que no es apropiado. Las redes sociales no son diferentes porque lo más probable es que aquella persona que realmente es quien esperamos nos lea no está ahí porque ya la bloqueamos, porque nunca estuvo en nuestra red o porque simplemente pasa de nosotros.

A quien no me lee

Sé que hay razones para imponernos reglas al momento de expresarnos, nociones tales como respeto o tolerancia vienen a mi mente. Pero ¿cuál es el límite? Los seres humanos nos hemos ido llenando de barreras que nos obligan a depender de habilidades tales como la interpretación, la lectura de signos, de expresiones corporales. ¿No es más sencillo decir lo que sentimos? ¿No perderíamos menos tiempo sin tanta insensatez?

Aunque tengamos la sensación de que podemos expresarnos mucho más, no creo que sea así. Entre los sentimientos que no queremos herir y la necesidad de no herirnos (como suponemos que pasará) ya no somos capaces ni siquiera de decir libremente "te quiero". Nos hemos programado para temer más a la reacción del otro que a vivir con expresiones oprimidas en el pecho.

Al final, seguimos buscando espacios donde escribir nuestros secretos, pero como siempre dejándolos expuestos a ver si con suerte alguien (siempre con un rostro en mente) los lee. Ojalá que poco a poco despertemos y tengamos más valor de decir de frente aquello que solo solíamos escribir... puedo decir que aunque a veces ha dolido terriblemente, nada se compara a la sensación de no decirlo nunca.


viernes, 30 de octubre de 2015

Recuérdame

A Ángela, por su compañía, 
con la esperanza de aprender 
juntas de mi historia.



Mientras escribo hoy, sentada en el piso de mi rincón favorito en mi habitación, una frase resuena en mis oídos fuerte, con tono de oración y reclamando fervorosamente una sola cosa: no ser olvidada.

"Ni se crea, ni se destruye, solo se transforma."

La materia que conforma todo lo que nos rodea cumple con esta condición: se transforma. Es esta extraordinaria capacidad de cambiar y amoldarse la que se me ocurre hoy es la que nos permite sobrevivir. El corazón es también materia.

A lo largo de los últimos años, me he transformado varias veces y una de las transformaciones más importantes (y dolorosas) se está dando ahora. En ocasiones tomamos decisiones que, aún sabiendo que son las mejores, nos entristecen profundamente: dejar atrás la casa paterna, cambiar de trabajo, mudarnos de ciudad o dejar ir de nuestras vidas a alguien a quien queremos.

Existen muchas razones que nos llevan a tomar estas decisiones y, sin duda, son las que nos hacen avanzar en la vida. Pero no importa lo fuerte que seamos o lo preparadas que estemos para tomarlas, igual, dejan heridas.

Lo que me he preguntado constantemente durante este proceso es ¿por qué duele tanto?

Como un pote de helado

Cuando decidimos dejar atrás algo o alguien que nos es muy importante es como si nuestro corazón fuera un pote de helado muy congelado que sacamos del refrigerador. Voluntariamente, tomamos el servidor y extraemos un pedazo. Sin importar que lo hagamos limpiamente o con un poco de tropiezos el resultado final es el mismo: el perfecto molde de helado queda con un gran espacio vacío.

Al estar tan congelado, el resto del contenido no logra cubrir el espacio dejado por lo que se sacó o por lo menos tomará un tiempo que logre hacerlo. Cuanto más profundo en el alma es el lugar en el que está lo que dejamos, es como si más congelado estuviera el helado. Como lleva más tiempo ahí, ha tenido más calma para tomar su lugar y, por lo tanto, el proceso de descongelar y rellenar demora más. Duele más.


El acto egoísta

Es cierto que ese proceso de volver a rellenar el espacio ahora vacío es una gran causa de dolor. Pero creo que hay algo más, algo que no es externo ni vinculado a lo que se deja atrás.

Dejar ir, especialmente dejar ir a alguien, es matarnos un poco. Quienes nos rodean son los que nos ayudan a existir, son los que nos guardan en su memoria, quienes tienen ese retrato de nosotros, quienes atestiguan nuestro paso por esta vida. Cuanto más nos gusta quiénes somos junto a alguien, más duele sacarlos de nuestro lado porque lo que hacemos, en buena cuenta, es dejarnos ir. Aquí es que todo se vuele egoísta.

Claro que echamos de menos la compañía, claro que hace falta el apoyo y la complicidad o lo que sea que nos uniera a quien dejamos. Pero no se puede negar que lo que cuesta, por sobre todo, es renunciar a uno mismo.

Hoy que veo morir una versión de mí, mi favorita desde hace mucho tiempo, el dolor es profundo y el vacío me deja sin aire a cada momento.

Lo que he aprendido...

A lo largo de esta semana, he aprendido a vivir con mi decisión, pero sobre todo a llorar el dolor que me ha dejado. Esta tristeza profunda es real. Por más correcto que sea el camino, la pena es auténtica y necesaria. No sé quién seré después que pase todo, cuando la materia termine de transformarse. Pero espero abrazar esa nueva yo con emoción e ilusión.

Mis consuelos son el haber sacado de mí palabras y emociones que callé por mucho, y, claro, la expectativa de una nueva forma de ver el mundo a partir de este cambio.

Sin embargo, inevitablemente, guardo la esperanza de que ese recuerdo de mí, aunque de lejos, se mantenga y que se sume a otros.

A ti solo te pido esto: recuérdame.

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(Música de compañía en este octubre que se acaba.)









viernes, 25 de septiembre de 2015

Médico de familia

Una vez más me encuentro en esta duda entre obedecer a la sensatez o navegar un rato con el sentimiento. Han sido un par de días cansados, y no solo por los niveles ridículos de mi hemoglobina, sino por un ritual al que estoy lejos de acostumbrarme.

Jueves

8 a. m. "estire el brazo, haga puño, respire..." unas veces espesa, otras veces muy líquida mi sangre llena los tubitos. Esta vez tuve suerte, encontraron a la primera la vena, pero un ardor característico me hace saber que no será un buen día para mi brazo. "No te quejes", me reprendo a mí misma, sí sé que no es tan grave. La visita al "vampiro" tiene su fecha programada, más precisa e inamovible que fecha de pago o peor que de cobranza, pero es una al mes, casi nada.

Desde el momento que me dicen que al día siguiente estarán los resultados la suerte queda echada.


Viernes

9 a. m. "a ver su orden, tiene exámenes pendientes, vaya al consultorio 612" (entrego todo en orden, pero aún así el rostro de la asistente es de "favor")
9:15 a. m. "tome asiento hasta que la llame la doctora"

El ritual empieza, coger el celular, revisar el correo, un par de intentos en Candy Crush... "¡Gómez!" un paciente que sale, otro que entra, ya son 9:25 a. m.,  un par de vistazos a la sala, de nuevo la vista al celular... Son 9:40 a. m. ¡Ruiz!... así el baile continúa hasta que dan las 10:15 ..."¡León!"...

Al fin en el consultorio, balanza, medida y llega la sentencia: "no estás siguiendo las indicaciones, seguro que has hecho esto, seguro que no has hecho lo otro"... (Con los años he aprendido a asumir que siempre es mi error).
Silencio y, por fin, lee los resultados de laboratorio y el discurso cambia: "ah no, es esto... y esto otro, te tengo que cambiar la dosis".  Respiro, no me la puedo comer viva... pero entonces llega el comentario: "uy pero seguro que estás cansada y ¿cómo está el estómago? y ¿no has sentido esto otro?" Entonces después de repetir por milésima vez: "sí... mal... sí" es el momento en que recuerdo que esos son los síntomas que me hicieron ir a consultar el médico y que esas fueron las primeras tres preguntas que me hizo cuando estuve sentada frente a él en nuestro primer encuentro.

Médico de familia

¿Qué pasó con el médico de familia? Sí, ese que cual doctor Baker de La casa de la Pradera conocía los milagros y pecados de cada quien, ese que sabía todo el historial y que por eso pensaba en un tratamiento que se ajuste a la persona. Desde mi diagnóstico hace ya 3 años he pasado por varios especialistas, particulares y en clínicas. Uno suele entender que el médico de clínica (u hospital) trabaja a destajo, apurado por cumplir una cuota, lo que justifica su trato impersonal, pero no son los particulares muy diferentes (aún con listas limitadas de pacientes e infladas tarifas). No soy una niña, no pido engreimiento, pero lo mínimo que agradecería es que ni insulten mi inteligencia ni mi malestar.

No creo ser mala paciente, cuando no cumplo al 100% las indicaciones lo digo, reconozco mi responsabilidad. Tampoco soy de las que se lee todo en internet y se cree que sabe más que el especialista. Pero lo mínimo que espero es que lean sus notas antes de recibirme, que antes de reprenderme se fijen si hay algo más que pueda estar ocasionando el mal y no asumir que soy el único motivo.

Mi hermana es médico y la considero muy buena y acertada en sus diagnósticos (aunque no la puedo considerar una excepción entre sus colegas). Cada vez que alguien le dice algo poco fundamentado sobre medicina ella solo responde sonriente: "Siete años". Y es verdad, un médico pasa por lo menos 7 años formándose para obtener su título, pero lo que me pregunto ahora es si es que ese largo periodo de rotaciones, disecciones, bademecums y anatomía no les hicieron olvidar al paciente, ese que solo quiere sentirse bien y que paga sus honorarios. O no sé si es culpa de los pacientes que no hacen caso y los demás pagamos por ellos.

Prescripción

Los sentimientos me han ganado un buen rato, he salido de la consulta desanimada, con la mala sensación de un trato frío. La prescripción está dada, las dosis variadas, la lista de medicinas cada vez más larga. He pasado por la farmacia donde una joven adormilada, lenta, poco amable se ha demorado otra media hora en despachar dos cajas de medicinas (las demás no las cubre mi seguro). Una mañana casi completa ha pasado y más que sentirme aliviada, presiento que salgo algo más enferma. El sistema de salud en general me enferma.

Ya en el trabajo he decidido hacerme yo misma otra receta, una que por su puesto no deje mi bolsillo más agujereado:
- Un post en un blog insensato, muchos correos electrónicos laborales para distraerme y una taza de té de Granada ni bien pise mi casa (para recordar mis vacaciones ahora tan lejanas).