¿Por qué?

Porque a veces tengo la cabeza llena de ideas que nunca digo y porque me debato todos los días entre ser Marianne o Elinor voy a poner toda la locura en este lugar. No pienses que es un blog sobre amor o parejas, tampoco es sobre poesía o música, menos sobre educación o política. Es solo un cuaderno más de (in)sentatez y mucho sentimiento...

lunes, 2 de junio de 2014

De trabajo y otros vicios...


Para La Calamitosa... ¡y que nadie se atreva a arrollarla con el coche!


"Descansa que aquí en España la productividad es menor", me escribió Vanesa antes de despedirse. Hacía 4 días que estábamos en el mismo huso horario, las 6 o 7 horas que normalmente nos separan no existían. Una vez más me encontró conectada a la 01:30 mientras respondía algún correo enviado desde Lima.

Su frase me hizo reír, pero luego me pasé los siguientes días pensando en ella.

Durante muchos años me he confesado una adicta al trabajo... sí con frase incluida "Hola, soy Mariana y soy una workaholic". Aunque hoy en día la salud me ha forzado a disminuir mis actividades existió una época en la que trabajar entre 16 y 18 horas diarias era algo común.

Siempre me ha sido difícil, y esta es sin duda la causa de mi problema, decidirme por una sola actividad. He sido docente en tres universidades, profesora particular de niños y adultos, he trabajado en administración, he editado libros para colegios, he sido niñera, he hecho manualidades por encargo, he trabajado como vendedora y un largo etcétera. Estos trabajos no han sido sucesivos, la mayoría de ellos fueron simultáneos. Mi récord personal: 6 empleos. He tenido la capacidad de hacer muchas cosas a la vez y siempre recuerdo cada trabajo con una sonrisa. Si descuidé alguna cosa, es posible, aunque nunca dejé de ver amigos ni a mi novio de esa época ni a mi familia (aunque esta fue quizás la que sufrió más).

No puedo recordar esa época sin pensar en el comentario más gracioso que me hizo mi amigo @eraser al escuchar mi historia: "Maeztra, usted era la culpable del paro, entonces".  Mis primeros años de trabajadora fueron así, marcados por la obsesión de no perder ninguna oportunidad ni experiencia. No lo niego me agoté, pero me divertí muchísimo. Es difícil quizás entender las sensaciones de pasar de la dinámica de dictar clases en la universidad por la mañana, coordinar talleres por la tarde para luego dar una clase particular y terminar la noche cuidando de un par de encantadores niños mientras creaba unidades para un libro que al año siguiente utilizarían en el colegio.


Hace dos años, el médico me dijo que no podía seguir. Acepté el destino no sin pelear, hoy solo tengo dos trabajos entre los que divido todas mis energías. Aún hoy disfruto de pasar un domingo o feriado en la computadora editando, de que el sol me encuentre sentada frente a la pantalla de la Imac, si tuviera que volver a pasar un 25 o 31 de diciembre trabajando seguro lo haría feliz. Pero es cierto, no solo de trabajar vive el hombre.


Veinticuatro horas después de esa frase de despedida, Vanesa y yo nos reencontramos en la ciudad de Toledo. Solo habían pasado un par de meses desde que otra madrugada había sido testigo de este plan. Un congreso de educación era la oportunidad de reunir a 4 amigos que se conocieron en otro congreso en Pamplona. Menos de un año después de despedirme en España de ellos nos reencontramos.

Podré ser una adicta al trabajo, una currante inagotable, pero eso no significa que no sepa aprovechar el momento. Desconectada al fin de mis responsabilidades laborales me dejé envolver por otros placeres, es así que se vivieron horas de conversación interminable, botellines, discusiones y proyectos. Sí, definitivamente es otra manera de trabajar.

Vanesa y yo luego nos encontramos con el Greco, con muchos niños (junto a maestros que no pasaron desapercibidos) y desarrollamos una obsesión por las espadas y curiosas ballestas armadas con corchos. (Ah y no hay que olvidar nuestra gesta por encontrar el magneto de refrigerador más feo de Toledo)

La noche antes de seguir caminos diferentes, mi querida amiga dejó un simpático caballero en mi equipaje que me acompañó de vuelta a casa.

No sé si puedo decir que disminuí mi productividad durante esos días, lo que sí puedo asegurar es que aprendí muchísimo porque eso es lo que sucede cuando se conversa, se discute y se observa. Allá a más de 8000 km de distancia seguro mi amiga de Cáceres sonríe y se acuerda de esta peruana loca. No sabemos cuándo ni en qué parte del mundo nos volveremos a ver. Pero no importa, la tecnología nos mantiene conectadas y nos sabemos capaces de cualquier cosa por lo que la oportunidad seguro se dará.


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