Nunca he sido una persona de mascotas. De niña tuve un pescado que murió, según un recuerdo un tanto novelesco del que no tengo confirmación, una mañana poco soleada. Pancho no estaba esperando que lo alimente en su pecera azul y yo no acepté un reemplazo.
He vivido toda mi vida en un departamento ("si entra una mascota, uno de ustedes sale", decía mi mamá) y mi alergia al aire que respiro fueron las excusas perfectas para no tener un perro como sueñan muchos niños. Pero había otra razón, una más difícil de explicar: le tengo miedo a los perros.
No sé cuándo inició, pero sin duda la mascota de mi vecina y su obsesión por sentarse en el borde de una escalera que daba al techo de mi patio y observarme mientras jugaba algo tuvo que ver. No solo me ladraba sino que parecía estar siempre lista a saltarme encima. Mis primeros recuerdos con estos animales son de petrificarme en medio de la calle e incluso llorar para que mi papá me hiciera cruzar a la otra acera.
Cuando llegó el momento de enfrentar las calles sola no fue diferente, hasta hoy sigo evitando los perros extraños. Pero como en todas las historias han habido excepciones.
Horacio
Creo que era un pastor alemán, pero sin duda Horacio es el que encarna para mí la imagen de perro guardián. Era el mejor amigo de Alberto, sí de aquel genial personaje que pasea en motocicleta por los rincones de mis recuerdos.
"Cuídala", era la orden que escuchaba de su amo ni bien yo entraba en la casa. Silencioso alzaba las orejas dejando saber que había comprendido y que la misión de vigilancia empezaba. Pasaría la noche a mis pies, pero guardando distancia: él sabía que yo no era muy feliz con los de su especie. Cuando la visita terminaba, sin embargo, esperaba su premio, una constancia de buen comportamiento que le ganara aún más afecto en el corazón de su amo. Entonces mi mano dejaba de temblar y una caricia en el lomo hacía la magia.
No hubo mucha interacción entre nosotros, no juegos, no risas. Pero quise a Horacio y sabía que me quería. Lo demostraba al controlar sus movimientos, al silenciar sus ladridos, al sacrificar sus noches por hacerme compañía.
Luna, Ringo y Pelusa
Pasaron años sin que la necesidad de relacionarme con perros me asaltara. Con el tiempo logré ocultar mi miedo, dejar que lo buenos canes pasaran por mi lado e incluso olfatearan mis pies. Pero pronto comencé a visitar casas de amigos y muchos de ellos tenían fieles compañeros. ¿Qué podía hacer yo? ¿Pedirles que los encierren?
Así llegó Luna a mi vida, una ovejera que me saludaba efusiva y acalorada cuando llegaba a casa de Georgina. Juguetona y engreída como su madre humana, reina coqueta de su casa no dejaba de sorprenderme con su pelaje y sus ojos pícaros.
Luego vino Ringo, fiel compañero de Carlos y testigo de conversaciones y visitas breves. Capaz de despertar ternura en su amo y quizás el primero de sus congéneres al que aprendí a acariciar una tarde en la que una banda de estudiantes de literatura invadimos su casa para comer lentejas.
Pelusa nunca fue problema, llegó poco antes de que dejara de trabajar en la oficina de la primera editorial que fue mi casa. Con apenas meses de nacida, la "Abuela" me enseñó a arrastrar aquel pedacito de ser porque sus mini patitas no eran lo suficientemente fuertes para andar. Nunca le oí ladrar y es la primer a la que creo que no llegué a temer.
Pufa, Luka y Blas
No estoy segura de que mi temor a los canes se haya curado. Es más me siento incapaz de responsabilizarme por uno. Pero sin duda las cosas han cambiado.
Quince años atrás nadie me hubiera podido decir que viviría bajo el mismo techo que un perro y, sin embargo, así ha sido. Rescatada de la calle por la señora Esperanza, durante 3 años conviví con la Pufa (o Nita o Coneja... Un animalito con problemas serios de identidad ocasionados por los locos humanos con los que le tocó vivir). Desde lograr darle de comer hasta convencerla de volver a entrar en la casa cuando se me escapaba, todos fueron logros con ella. Pero no se ilusionen sigo siendo la tía mala y estricta que solo de vez en cuando la acaricia. Con ella aprendí a reconocer la alegría en el ladrido cuando reapareces en casa tras meses de ausencia u horas de soledad y a sentir ternura por eso.
Blas es mi sobrino. Hermoso y fuerte, lo he visto crecer e incluso es el único por el que me he ofrecido a ser niñera. No sé si tiene que ver con su raza, Beagle, o con que se me contagia el cariño que le tiene su padre. Pero ya no solo preguntar por él es punto importante en mis conversaciones con Jonás, sino que ha llegado a protagonizar mis ficciones interviniendo sus fotografías y convirtiendo su imagen en compañera de mis días. Eso sí en su presencia aún se me arruga un poco el alma... Es que es fuerte y sus músculos merecen mi respecto.
Luka llegó a la historia más tarde, pero ha sido el bellezo que me ha acompañado en mi crisis más reciente. Llegar a casa Ayudante era recibir primero que todo su saludo efusivo junto con una orden ineludible de acariciar su pelo primorosamente recortado y rascarle tras las orejas. Una vez pagado el tributo sin importar la hora sus ojos brillantes y redondos vigilarían hasta el final los movimientos de las visitas. Si la invación a su casa tomaba mucho tiempo una golosina era el necesario y justo precio que pagábamos. Sus ojos no se cerraban hasta ver que nos fuéramos y su ama pudiera irse a dormir.
En estos tiempos me prestó su casa para refugiarme en mis huídas, se dejaba aparecer en mi ballena y apoyaba su hocico con elegante bigote en mi pierna para consolarme.
Adiós
Varios de estos canes retratados ya no están en este mundo. Pero hoy me quiero despedir del último bellezón que se dio a la tarea de enseñarme a quererles: Luka.
Te pude ver una última vez y escucharte hacerme la fiesta ni bien bajé del ascensor. Extrañaré que me recibas y ese es el mejor homenaje que te puedo dar porque a ti no te tuve miedo, a ti te llegué a querer y hasta me has hecho dudar si de encontrar tu clon le haría un lugar en mi casa.

Tengo uno para regalar....;)
ResponderBorrarOtra cosa muy chiquita:Lo que tuviste fue un pez, no un pescado :)
Me encanta todo lo que escribes,un abrazo.
Jajaja sí claro que era un pez... Pero era muy chiquita y le decía pescado... Así quedó en la memoria. Gracias por leer.
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