¿Por qué?

Porque a veces tengo la cabeza llena de ideas que nunca digo y porque me debato todos los días entre ser Marianne o Elinor voy a poner toda la locura en este lugar. No pienses que es un blog sobre amor o parejas, tampoco es sobre poesía o música, menos sobre educación o política. Es solo un cuaderno más de (in)sentatez y mucho sentimiento...

jueves, 12 de marzo de 2015

Anoche soñé contigo

A los que partieron
A los que nos quedamos


Son las 5:00 a. m., me ha tomado un momento ubicar donde estoy. Es la sala en casa de mis padres, he dormido en su sofá. Mi mamá ya está en la cocina. Me he puesto los anteojos y he recordado el sueño que me ha hecho despertar.


Alberto

La moto se estacionó en la puerta de la casa y la copiloto bajó. No ha pasado un minuto y el ruido de la puerta, la voz inconfundible de la uruguaya y la risa de mi mamá se han mezclado. He saludado rápidamente y he esperado que otra voz, más profunda, se escuchara:

"¡Sube, flaca!"

Una mirada a mi mamá y he salido corriendo. Allí estaba él, aún sobre la moto. Incluso ahí sentado era evidente lo alto que era, siempre agachaba la cabeza al entrar a la casa mientras decía animoso a mi papá: "gordito, agranda la puerta, pues". (Cada vez que eso pasaba lo miraba asombrada y juraba que mi papá era amigo de MacGyver, se le parecía... luego supe que mi hermana pensaba lo mismo).

Ni bien me acercaba a la moto ya me estaba sentando en ella y durante unos buenos 15 minutos daba vueltas agarrada a su espalda. Mi imaginación infantil me dice que alguna vez perdí un zapato poco apropiado para la velocidad, él dio la vuelta y lo recogió sin detenerse. No creo que haya sido así, pero así lo recuerdo.

Alberto no era de muchas palabras, pero sus acciones delataban su afecto.  Una mala operación a la vista lo alejó de las motos. Una mañana cuando ya no era niña lo vi en la calle y fue la única vez que no lo vi en casa de alguna de las familias, también fue la última vez que lo vi.

Lloré su partida, pero en sueños lo veo de nuevo en su moto, lo veo de nuevo feliz.


Eugenio


6:00 a. m. la llamada de mi mamá me ha sorprendido. Hoy ha muerto el último de los Ordoñez-Huerto. La bisabuela ya tiene a todos sus hijos con ella. He recordado a Eugenio con sus visitas inesperadas, su Rosita y cierto oso-radio de mi infancia. Pero la noticia me ha hecho recordar también a Jorge con sus monedas y sus tardes de hípica, a Aída y Josefina con sus semblantes dulces que ocultaban miradas severas y risas traviesas, a Salvador y sus postres, pero sobre todo a Zoraida su caminar cadencioso, sus ojos claros, su muñeca negra.

Zoraida era mi abuela, cuando estaba con ella siempre estaba haciendo algo, cocinando, lavando, tejiendo… pero no la recordaba leyendo. Me tomó unos años descubrir que era porque cuando yo estaba no era hora de recreo. Los sábados por la tarde era otra la historia, la puerta de su cuarto se cerraba, la barra de chocolate o el pocillo con helado (según la temporada) salían de su escondite, novelitas rosa, publicaciones de ciencia, tengo muchas versiones de la selección favorita… cuentan que las carcajadas y el silencio se intercalaban. Es en esos sábados como la sueño cuando decide visitarme en medio de las noches.

Se fue muy pronto pero nos dejó a otros para contarnos su historia. Creo que hubiera querido ser médico, escritora o voleibolista profesional… su tiempo y la vida no la llevaron por ese camino… pero mujeres como ella, llenas de sueños que trabajaron mucho, son la razón por la que las siguientes generaciones tuvimos una vida diferente… no por nada hoy mi hermana es médico y yo hago libros que quiero creer a ella le gustaría leer. 



Soñar contigo

Tener sueños vívidos con los que ya partieron puede ser extraño, pero siempre despierto sonriendo después de tenerlos. Esos días no importa sentirme más cansada, creo que es la manera en que me dejan saber que están bien. Por mi parte, recuerdo cuánto los echo de menos y vuelvo a agradecer que se hayan cruzado en mi vida.




miércoles, 4 de marzo de 2015

Mi problema con el desayuno... y otras tradiciones alimenticias

A mamá, Doina, Mónica y Ángela


- ¿Qué comemos?
- Lo que sea.

Esa es la respuesta con la que padres, amigos y novios se han chocado más de una vez. Tengo marcadas en una libreta las fechas exactas de las veces que me antojó comer alguna cosa en particular. Pero no me mal entiendan, una vez frente al plato lo disfruto y mucho. Además, suelo ser la favorita del cocinero de turno pues me complace el plato más simple.

Ayer mientras accedía al antojo culinario de mi querido Jonás, volví a pensar en esto, pero sobre todo en el que es, sin lugar a duda, mi archienemigo: EL DESAYUNO.

Mi mayor desafío desde niña y mi cruz desde que me diagnosticaron problemas de asimilación es el primer alimento del día. Mis médicos han sufrido al darse cuenta de que más que controlar que no coma, lo que deben hacer es conseguir que lo haga.


Del quáker al jugo

Las mañanas de mi etapa escolar no se definieron por la batalla de levantarme. En esa época ni se me pegaban las sábanas ni detestaba ir a clase. El día empezaba bien hasta que mi madre me sentaba a la mesa a desayunar. De la leche intomable, encontré consuelo en una taza de quáker (avena) con canela. Por alguna razón, ese "menjunje" espeso y sabroso se abría paso en mi garganta y lograba permanece tibio en mi estómago hasta la hora de la lonchera. Pero la alegría fue pasajera, pronto las manchas rojas en mis brazos y piernas anunciaron el fin de una era feliz. Mis alergias cobraron una nueva víctima y el quáker se unía a la lista de la naranja, fresa, mango, chocolate, mariscos, etc.

Llegó entonces el famoso "jugo" una mezcla de papaya, piña, plátano, miel y algarrobina era anunciada por una vieja licuadora oster (que funcionaba de alarma también porque su traqueteo era indicador de que si no bajaba pronto a la cocina estaría en problemas). Debo admitir que 10 años tomando el mismo desayuno fueron más que un reto y en cuanto estuve en la universidad fui feliz al negarme a continuar con la tradición. Desde ese tiempo el único desayuno que conocí eran los que con aire de almuerzo se organizaban en casa por algún cumpleaños o visita de familiares. Siempre tarde, siempre provistos de manjares poco habituales y que satisfacían el estómago más exigente hasta desear un mate ya muy entrada la tarde.


Del amor y otras recetas médicas

Cuando empecé a trabajar el desayuno se convirtió más de una vez en una excusa romántica. Mis horarios poco regulares hacían que en mis esfuerzos por no dejar de ver a mi entonces novio organizara desayunos de vez en cuando. Era divertido y me reconcilió con esta tradición alimenticia. Pero nunca fue algo de todos los días. El jugo diario de mi madre se vio reemplazado por un café simple que no solo me despertaba sino que se convertía en un episodio social en alguna de las oficinas en las que trabajé (seguida esa primera taza de muchas más durante el día).

La primera sentencia médica fue alejarme del café y la segunda más difícil aún fue la orden de desayunar: "a diario, una hora después de despertar". Solo me reí.


Tomates, pimientos y fiambres


Cuando empecé a viajar fui la alegría de los hospedajes, solo cuando viajé acompañada (el menor número de veces) usé los desayunos incluidos. Pero con el tiempo, al tener más amigos repartidos por el mundo es más frecuente que me quede en casas de familia.

Ya he hablado de mi casa rumana y su cocina gentil. Pues el desayuno no es una excepción, cada mañana una bandeja de queso, tomate o pimiento y fiambres estaba esperándome. Una celosa vigía se aseguraba de que mi gratitud por las atenciones me hiciera vaciar la bandeja. "Doina, ¿has hablado con mi madre?", una sonrisa triunfante me respondía que no era necesario. Pronto llegó la pregunta, "¿qué sueles desayunar? tú pide lo que quieras". "Lo que haya" fue la respuesta automática, seguida de un "no suelo desayunar" ante la réplica silenciosa que me exigía una respuesta más completa. Así llegaron los huevos pasados, las ensaladas de frutas y más pimientos y más tomates... era el desfile de las mañanas madrileñas acompañado de la sonrisa desafiante de mi enemigo matutino.


Quesos, yogures, zumos y almendras

Las rumanas se hablaban rápidamente por el teléfono mientras Monica le avisaba a Doina que esta peruana había llegado al fin a Atenas. No me cabe duda de que el desayuno fue un tema de conversación. 8:00 en punto la bandeja estuvo frente a mí, "Being a tourist is a hard job!" me dijo Monica. Café a la griega, tres tipos de queso agrio, tostadas, una mandarina y tres dulces de almendra debieron ser devorados antes de poder poner un pie en la calle. Así fue cada mañana con su cambios pero la bandeja vacía era el único pase para poder perderme en esa ciudad nueva e intrigante que era Atenas con su Tzipras y su Partenón, con una idea de democracia que no existía en casa porque frente al desayuno yo no tenía voto.


Mañanas de Colacao 

En Sevilla no apellido León, soy Calderón a veces, pero a la hora de la comida soy sin lugar a réplica Del Estal. El ojo vigilante de mi Ángela no perdía uno solo de mis movimientos. Prueba suficiente aquella tarde en que seriamente anotó que no había comido mi fruta del almuerzo y decretó que me tocaría esa noche doble ración.

A la hora de los alimentos era una más de los chicos, y junto a Angie y Pablo la leche con Colacao era mi desayuno de elección (claro junto con las tostadas, el paté, el tomate o lo que hubiera, incluso cierta inimaginable Palmera). Mi condición de "hija" era la predominante, me preguntaba si las rumanas también habían llamado a mi casita en San Julián, o sería quizás mi madre... Pero no, mis hermanos chicos estaban bajo la misma mirada y tenían tan pocas oportunidades como yo de escapar, solo que para ellos no era la misma batalla. Mi adversario me miraba burlón mientras notaba que el hábito se volvía a impregnar en mi ser.


Vencida

Mis médicos son más felices cuando vuelvo de viaje, saben que si algo hice fue comer esas 5 veces al día que ellos quieren. Se preocupan al verme regresar, conocen que aquí la supervisión constante no está, que no hay ninguna madre vigilante cuando despierto en mi cuartel de Magdalena. Sin embargo, el inteligente desayuno ha notado algo que los médicos no: mi nostalgia.  De eso se aprovecha cuando voy a hacer la compra semanal. Los tomates entonces asoman en mi canasta, el yogur me sonríe fresco al salir del refrigerador. Hoy me di cuenta que vuelve a triunfar cuando me encontré en mi oficina (dos horas después de despertar), frente a la pantalla de la computadora pero desayunando.





(Para los que sufrían con la leche, este clásico de la infancia que mi madre me hizo escuchar desde chica bajo la premisa de nunca sonar así porque hacer berrinches no iba conmigo.)