Muchas veces estos altos obligados coinciden con una fecha importante para mí: mi cumpleaños. He cumplido 32 años y como para prepararme para iniciar el año 33 de mi vida acabo de superar un largo periodo de enfermedad. Durante esos días, entre fiebre y órdenes de inmovilidad he podido quedarme sentada frente a la computadora recordando esas llamadas de atención del mundo y las escapadas que desencadenaron de la rutina habitual. Hoy, al ver con mejor perspectiva esos episodios puedo valorar su necesidad.
Cayados (y ausentes)
Si algo ha sido para mí desde chiquilla un grito del mundo para que me detenga son las torceduras de tobillo o esguinces. He perdido la cuenta de cuántas veces me ha pasado y lo cierto es que es un cuadro muy inconveniente y doloroso, no puedes andar ni qué decir subir escaleras, etc. Esos periodos de inmovilidad me han forzado a enfrentar la figura del "cayado" (sí, no un bastón, me gusta más este término tan bíblico, ya diré por qué).
En los periodos de salud ando de arriba a abajo y con prisa lo que me hace olvidar que puedo recurrir a los demás. Pero cuando una extremidad falla no queda otra que buscar ayuda. No es algo sencillo: apoyarte implica un acto muy íntimo para mí y requiere de una inmensa confianza porque entregas tu persona mucho más si estás enfermo que es un estado vulnerable. Se necesita, por lo tanto, algo más que un bastón, el "cayado" es necesariamente más alto que uno y fuerte, una larga pieza de madera como se ven en las películas de Semana Santa.
Esta palabra me gusta además por su contraparte fonética "callado", los enfermos no somos siempre los más pacientes (yo sé que no lo soy). Al estar en estas situaciones he encontrado maravillosos apoyos de carne y hueso, verdaderos "cayados callados" que me tendieron manos cálidas, armados de silenciosa paciencia con las que logré superar la debilidad y no volverme loca. No me puedo quejar siempre he tenido a mi lado verdaderos campeones.
Inevitablemente, al tiempo que descubres esta calidez, las ausencias son también más notorias. Como para hacer un balance del año de vida que va terminando, un nuevo esguince me ha dejado ver algunas importantes ausencias (tanto de antiguos cayados como de candidatos que parecían prometedores y simplemente decepcionaron). Nuevos cayados me han sorprendido, claro, y por ellos solo me queda agradecer.
Ballenas de Jonás
Así como el cuerpo parece necesitar o exigirme descansos, la mente y el corazón resulta que necesitan lo mismo. Después de periodos de mucho ruido o como antesala a grandes cambios he llegado a valorar la necesidad de lo que llamo "ballenas de Jonás". Al igual que el personaje bíblico (sí ya sé que ando algo religiosa en este post, quizás porque hace no mucho fue Semana Santa) necesitó de un periodo de encierro y soledad, que resultó ser epifánico antes de emprender su misión, procuro hacer lo mismo de tiempo en tiempo.
Mis "ballenas de Jonás" han sido muchas, desde reales retiros encerrada en casa sin contacto con otros hasta personas que lograron brindarme el refugio preciso para recargar las fuerzas necesarias y así emprender las empresas propuestas. Pero al final, el efecto es siempre similar. Cuando te detienes inevitablemente todo se calma, el corazón se desacelera y respiras relajado. Dejas de mirar el mundo desde la perspectiva cotidiana y replanteas el mundo que te rodea. Es así que se puede descubrir herramientas y materiales que no había notado o escoger salidas. En la calma los problemas se ven más pequeños o quizás ni siquiera existen.
Hace mucho no sentía la necesidad de refugiarme en una ballena. Pero el inicio de mi año 33 se platea como un momento muy simbólico para hacerlo. He encontrado una que parece ser apropiada. En unas horas que termina mi jubileo anual me dejaré refugiar en la penumbra y el ondulante movimiento del agua que me rodeará dentro del cetáceo. No me echen mucho de menos: volveré más fuerte, con la voz clara y fuerte para decir mucho más.
