¿Por qué?

Porque a veces tengo la cabeza llena de ideas que nunca digo y porque me debato todos los días entre ser Marianne o Elinor voy a poner toda la locura en este lugar. No pienses que es un blog sobre amor o parejas, tampoco es sobre poesía o música, menos sobre educación o política. Es solo un cuaderno más de (in)sentatez y mucho sentimiento...

lunes, 2 de mayo de 2016

Mi vida sin mascotas

                 A Luka, en el día de su partida

Nunca he sido una persona de mascotas. De niña tuve un pescado que murió, según un recuerdo un tanto novelesco del que no tengo confirmación, una mañana poco soleada. Pancho no estaba esperando que lo alimente en su pecera azul y yo no acepté un reemplazo.

He vivido toda mi vida en un departamento ("si entra una mascota, uno de ustedes sale", decía mi mamá) y mi alergia al aire que respiro fueron las excusas perfectas para no tener un perro como sueñan muchos niños. Pero había otra razón, una más difícil de explicar: le tengo miedo a los perros.

No sé cuándo inició, pero sin duda la mascota de mi vecina y su obsesión por sentarse en el borde de una escalera que daba al techo de mi patio y observarme mientras jugaba algo tuvo que ver. No solo me ladraba sino que parecía estar siempre lista a saltarme encima. Mis primeros recuerdos con estos animales son de petrificarme en medio de la calle e incluso llorar para que mi papá me hiciera cruzar a la otra acera.

Cuando llegó el momento de enfrentar las  calles sola no fue diferente, hasta hoy sigo evitando los perros extraños. Pero como en todas las historias han habido excepciones.

Horacio

Creo que era un pastor alemán, pero sin duda Horacio es el que encarna para mí la imagen de perro guardián. Era el mejor amigo de Alberto, sí de aquel genial personaje que pasea en motocicleta por los rincones de mis recuerdos. 

"Cuídala", era la orden que escuchaba de su amo ni bien yo entraba en la casa. Silencioso alzaba las orejas dejando saber que había comprendido y que la misión de vigilancia empezaba. Pasaría la noche a mis pies, pero guardando distancia: él sabía que yo no era muy feliz con los de su especie. Cuando la visita terminaba, sin embargo, esperaba su premio, una constancia de buen comportamiento que le ganara aún más afecto en el corazón de su amo. Entonces mi mano dejaba de temblar y una caricia en el lomo hacía la magia.

No hubo mucha interacción entre nosotros, no juegos, no risas. Pero quise a Horacio y sabía que me quería. Lo demostraba al controlar sus movimientos, al silenciar sus ladridos, al sacrificar sus noches por hacerme compañía.

Luna, Ringo y Pelusa

Pasaron años sin que la necesidad de relacionarme con perros me asaltara. Con el tiempo logré ocultar mi miedo, dejar que lo buenos canes pasaran por mi lado e incluso olfatearan mis pies. Pero pronto comencé a visitar casas de amigos y muchos de ellos tenían fieles compañeros. ¿Qué podía hacer yo? ¿Pedirles que los encierren?

Así llegó Luna a mi vida, una ovejera que me saludaba efusiva y acalorada cuando llegaba a casa de Georgina. Juguetona y engreída como su madre humana, reina coqueta de su casa no dejaba de sorprenderme con su pelaje y sus ojos pícaros. 

Luego vino Ringo, fiel compañero de Carlos y testigo de conversaciones y visitas breves. Capaz de despertar ternura en su amo y quizás el primero de sus congéneres al que aprendí a acariciar una tarde en la que una banda de estudiantes de literatura invadimos su casa para comer lentejas.

Pelusa nunca fue problema, llegó poco antes de que dejara de trabajar en la oficina de la primera editorial que fue mi casa. Con apenas meses de nacida, la "Abuela" me enseñó a arrastrar aquel pedacito de ser porque sus mini patitas no eran lo suficientemente fuertes para andar. Nunca le oí ladrar y es la primer a la que creo que no llegué a temer.

Pufa, Luka y Blas

No estoy segura de que mi temor a los canes se haya curado. Es más me siento incapaz de responsabilizarme por uno. Pero sin duda las cosas han cambiado.

Quince años atrás nadie me hubiera podido decir que viviría bajo el mismo techo que un perro y, sin embargo, así ha sido. Rescatada de la calle por la señora Esperanza, durante 3 años conviví con la Pufa (o Nita o Coneja... Un animalito con problemas serios de identidad ocasionados por los locos humanos con los que le tocó vivir). Desde lograr darle de comer hasta convencerla de volver a entrar en la casa cuando se me escapaba, todos fueron logros con ella. Pero no se ilusionen sigo siendo la tía mala y estricta que solo de vez en cuando la acaricia. Con ella aprendí a reconocer la alegría en el ladrido cuando reapareces en casa tras meses de ausencia u horas de soledad y a sentir ternura por eso.

Blas es mi sobrino. Hermoso y fuerte, lo he visto crecer e incluso es el único por el que me he ofrecido a ser niñera. No sé si tiene que ver con su raza, Beagle, o con que se me contagia el cariño que le tiene su padre. Pero ya no solo preguntar por él es punto importante en mis conversaciones con Jonás, sino que ha llegado a protagonizar mis ficciones interviniendo sus fotografías y convirtiendo su imagen en compañera de mis días. Eso sí en su presencia aún se me arruga un poco el alma... Es que es fuerte y sus músculos merecen mi respecto.

Luka llegó a la historia más tarde, pero ha sido el bellezo que me ha acompañado en mi crisis más reciente. Llegar a casa Ayudante era recibir primero que todo su saludo efusivo junto con una orden ineludible de acariciar su pelo primorosamente recortado y rascarle tras las orejas. Una vez pagado el tributo sin importar la hora sus ojos brillantes y redondos vigilarían hasta el final los movimientos de las visitas. Si la invación a su casa tomaba mucho tiempo una golosina era el necesario y justo precio que pagábamos. Sus ojos no se cerraban hasta ver que nos fuéramos y su ama pudiera irse a dormir.

En estos tiempos me prestó su casa para refugiarme en mis huídas, se dejaba aparecer en mi ballena y apoyaba su hocico con elegante bigote en mi pierna para consolarme. 

Adiós

Varios de estos canes retratados ya no están en este mundo. Pero hoy me quiero despedir del último bellezón que se dio a la tarea de enseñarme a quererles: Luka.

Te pude ver una última vez y escucharte hacerme la fiesta ni bien bajé del ascensor. Extrañaré que me recibas y ese es el mejor homenaje que te puedo dar porque a ti no te tuve miedo, a ti te llegué a querer y hasta me has hecho dudar si de encontrar tu clon le haría un lugar en mi casa.



 

viernes, 22 de abril de 2016

De ballenas de Jonás y algunos cayados


Comprenderán que no hay nada peor para una confesa adicta al trabajo que le digan que debe tomar un descanso. Por mis condiciones de salud, no me ha quedado otra, pero, vamos, que hay que entender que es una adicción...por tanto, la mayoría de veces me han tenido que obligar a detenerme a lo "bruto". Y aunque no me refiero a encadenarme o encerrarme a la fuerza, pues sí a algo muy similar.

Muchas veces estos altos obligados coinciden con una fecha importante para mí: mi cumpleaños. He cumplido 32 años y como para prepararme para iniciar el año 33 de mi vida acabo de superar un largo periodo de enfermedad. Durante esos días, entre fiebre y órdenes de inmovilidad  he podido quedarme sentada frente a la computadora recordando esas llamadas de atención del mundo y las escapadas que desencadenaron de la rutina habitual. Hoy, al ver con mejor perspectiva esos episodios puedo valorar su necesidad.


Cayados (y ausentes)

Si algo ha sido para mí desde chiquilla un grito del mundo para que me detenga son las torceduras de tobillo o esguinces. He perdido la cuenta de cuántas veces me ha pasado y lo cierto es que es un cuadro muy inconveniente y doloroso, no puedes andar ni qué decir subir escaleras, etc. Esos periodos de inmovilidad me han forzado a enfrentar la figura del "cayado" (sí, no un bastón, me gusta más este término tan bíblico, ya diré por qué).

En los periodos de salud ando de arriba a abajo y con prisa lo que me hace olvidar que puedo recurrir a los demás. Pero cuando una extremidad falla no queda otra que buscar ayuda. No es algo sencillo: apoyarte implica un acto muy íntimo para mí y requiere de una inmensa confianza porque entregas tu persona mucho más si estás enfermo que es un estado vulnerable. Se necesita, por lo tanto, algo más que un bastón, el "cayado" es necesariamente más alto que uno y fuerte, una larga pieza de madera como se ven en las películas de Semana Santa.

Esta palabra me gusta además por su contraparte fonética "callado", los enfermos no somos siempre los más pacientes (yo sé que no lo soy). Al estar en estas situaciones he encontrado maravillosos apoyos de carne y hueso, verdaderos "cayados callados" que me tendieron manos cálidas, armados de silenciosa paciencia con las que logré superar la debilidad y no volverme loca. No me puedo quejar siempre he tenido a mi lado verdaderos campeones.

Inevitablemente, al tiempo que descubres esta calidez, las ausencias son también más notorias. Como para hacer un balance del año de vida que va terminando, un nuevo esguince me ha dejado ver algunas importantes ausencias (tanto de antiguos cayados como de candidatos que parecían prometedores y simplemente decepcionaron). Nuevos cayados me han sorprendido, claro, y por ellos solo me queda agradecer.

Ballenas de Jonás



Así como el cuerpo parece necesitar o exigirme descansos, la mente y el corazón resulta que necesitan lo mismo. Después de periodos de mucho ruido o como antesala a grandes cambios he llegado a valorar la necesidad de lo que llamo "ballenas de Jonás". Al igual que el personaje bíblico (sí ya sé que ando algo religiosa en este post, quizás porque hace no mucho fue Semana Santa) necesitó de un periodo de encierro y soledad, que resultó ser epifánico antes de emprender su misión, procuro hacer lo mismo de tiempo en tiempo.

Mis "ballenas de Jonás" han sido muchas, desde reales retiros encerrada en casa sin contacto con otros hasta personas que lograron brindarme el refugio preciso para recargar las fuerzas necesarias y así emprender las empresas propuestas. Pero al final, el efecto es siempre similar. Cuando te detienes inevitablemente todo se calma, el corazón se desacelera y respiras relajado. Dejas de mirar el mundo desde la perspectiva cotidiana y replanteas el mundo que te rodea. Es así que se puede descubrir herramientas y materiales que no había notado o escoger salidas. En la calma los problemas se ven más pequeños o quizás ni siquiera existen.

Hace mucho no sentía la necesidad de refugiarme en una ballena. Pero el inicio de mi año 33 se platea como un momento muy simbólico para hacerlo. He encontrado una que parece ser apropiada. En unas horas que termina mi jubileo anual me dejaré refugiar en la penumbra y el ondulante movimiento del agua que me rodeará dentro del cetáceo. No me echen mucho de menos: volveré más fuerte, con la voz clara y fuerte para decir mucho más.







martes, 2 de febrero de 2016

Obsequios que vale la pena contar

Ayer por la tarde casi perdí un obsequio muy importante para mí. Pensé, después de recuperarlo y de volver a casa con él en las manos, sobre varios sentimientos que surgieron desde el momento en que me di cuenta de que no lo tenía conmigo hasta que lo logré hallar.

Este dije, fue eso lo que perdí, acompañó una serie de obsequios que los Reyes Magos dejaron para mí en mi casa de Sevilla hace ya un año. "Tienes que conservarlo vivo", me dijo la madre que me explicó cómo llevarlo; "solo deja correr el agua del grifo sobre él cuando lo necesite", me dijo la hermana acurrucada bajo el edredón. Anoche contaba que después de un primer intento de búsqueda, desistí y ya me iba a casa apenada, pero resignada. Sin embargo, la fuerza de ese y de varios recuerdos que vinieron a mi mente me hicieron regresar y, finalmente, se vieron recompensados cuando lo encontré.

Claro que el objeto es importante, tanto porque es único y casi imposible de encontrar por estos lares en donde me encuentro, como por la persona que me lo dio. Pero en lo que no pude dejar de pensar en ese momento fue en una serie de obsequios, no materiales que he ido coleccionando estos tiempos y que bien podrían ser los protagonistas de hoy.


Así recuperé mi voz...
(Para Gian)

Hace casi tres años, conocí a un nuevo grupo de personas. Como siempre les digo es probable que si no hubiera sido por una cuestión laboral nunca hubiera hablado con ellas. Al día de hoy, es casi imposible de imaginar mis días sin que hayan hecho su aparición. 

Una tarde uno de ellos me regaló un libro y me dijo que le gustaba cantar. Yo había descubierto los karaokes y dijimos que iríamos un día. Pasaron semanas, lo más seguro que meses y una tarde al fin lo hicimos. 

--¿Quién pidió 'Don´t speak'?
--Yo...
(4 minutos después)
--No lo haces mal, algo temerosa, pero tienes bonita voz... 

Lo que no sabía es que yo tenía miedo de cantar, y ¡cómo no! Me habían dicho que él había llevado cursos y participado en conciertos y musicales... ¿qué podía saber yo? Luego, lo oí cantar, mucho después supe cuánto amaba hacerlo, y, poco a poco, descubrí sus inseguridades. Pero en el camino primero me dijo "vamos juntos al taller de canto" y una tarde nos inscribimos. Así conocimos a Victoria, hace más de dos años que cantamos cada día, que bajamos pistas y nos grabamos, que nos escogemos canciones y que hacemos dúos.

Él no lo sabe aún, lo sabrá hoy, pero con esa invitación me devolvió la alegría y quizás la vida. Dejé de cantar a los 20, olvidé la emoción que me producía, las tardes con mi hermana a la guitarra, el ejercicio de aprender una canción y de hacerla mía. Hoy vuelvo a sonreír mientras canto un verso, a bailar durante un puente y a soltar una lágrima cuando termina la última nota. 


La de papas y la verdulera
(A Ángela)

Ya están servidas en la mesa y no me ha dejado verla mientras las preparaba. 
--No se vale, Ángela. ¿Y ahora cómo las hago de vuelta en casa?

El resto de tardes las he pasado en la cocina, hay una silla a la que le he grabado mi nombre, es allí donde día a día de estos 8 que son con los que contamos le he ido haciendo un retrato de quién soy y ella me ha regalado una hermosa fotografía de quién es ella. "Entonces hay heridas grandes en tu corazón" me ha dicho un día y por primera vez las he visto, las he sufrido, las he atendido. 

Mientras tanto limpio algunas verdura, pico alguna cosa y descubro que algo vuelve a la vida. Hay un nuevo gusto por la comida, y no solo auspiciado por las varias cervezas, pero sobre todo por el "hacer". Desde entonces vuelvo a querer copiar sus recetas, desde entonces cada domingo me levanto por las tardes para preparar las loncheras (para toda la semana para que no nos gane la flojera). Volví a descubrir la cocina, volví a descubrir la serena paz que puedes recuperar al saber que si mezclas huevos, verduras y sal en una sartén tendrás un tortilla.


Good night, love!

Me contaste que lo sacaste de una serie y yo que lo traje de mis paseos, pero, sin importar de dónde lo obtuvimos sabíamos que era importante. Y es que es fácil olvidar el ser afectuosos, el dejarnos ver así vulnerables, expuestos. 

Con los días llegó a obtener tonos también sarcásticos, pero sabemos que cuando terminamos nuestras frases, con "love" o "cariño", es nuestra voluntad de rendirnos a lo inevitable, a un incalculado detalle de nuestra naturaleza. Entre broma y en serio conseguimos reingresar en nuestras vidas conscientes de que llegarán nuevas heridas, de que no somos del acero intocable que nos quisimos convencer que éramos.

"Are you alright, love" resuena en algún parlante, ya descubrí de dónde sacaste la idea, pero sé que mientras te escuche decirlo recordaré mantener en mi vida solo a aquellos que aún se preocupen por decirme esa frase, en el idioma que sea. 




Estos han sido los mejores regalos de los últimos años y no terminaré nunca de agradecerlos. Y es que recuperar tu voz, la pasión por la música y la cocina, y la confianza de decir que quieres a alguien es la oportunidad de reiniciar tu vida, mejor, más fuerte y con alegría.