A Ángela, por su compañía,
con la esperanza de aprender
juntas de mi historia.
Mientras escribo hoy, sentada en el piso de mi rincón favorito en mi habitación, una frase resuena en mis oídos fuerte, con tono de oración y reclamando fervorosamente una sola cosa: no ser olvidada.
"Ni se crea, ni se destruye, solo se transforma."
La materia que conforma todo lo que nos rodea cumple con esta condición: se transforma. Es esta extraordinaria capacidad de cambiar y amoldarse la que se me ocurre hoy es la que nos permite sobrevivir. El corazón es también materia.
A lo largo de los últimos años, me he transformado varias veces y una de las transformaciones más importantes (y dolorosas) se está dando ahora. En ocasiones tomamos decisiones que, aún sabiendo que son las mejores, nos entristecen profundamente: dejar atrás la casa paterna, cambiar de trabajo, mudarnos de ciudad o dejar ir de nuestras vidas a alguien a quien queremos.
Existen muchas razones que nos llevan a tomar estas decisiones y, sin duda, son las que nos hacen avanzar en la vida. Pero no importa lo fuerte que seamos o lo preparadas que estemos para tomarlas, igual, dejan heridas.
Lo que me he preguntado constantemente durante este proceso es ¿por qué duele tanto?
Como un pote de helado
Cuando decidimos dejar atrás algo o alguien que nos es muy importante es como si nuestro corazón fuera un pote de helado muy congelado que sacamos del refrigerador. Voluntariamente, tomamos el servidor y extraemos un pedazo. Sin importar que lo hagamos limpiamente o con un poco de tropiezos el resultado final es el mismo: el perfecto molde de helado queda con un gran espacio vacío.
Al estar tan congelado, el resto del contenido no logra cubrir el espacio dejado por lo que se sacó o por lo menos tomará un tiempo que logre hacerlo. Cuanto más profundo en el alma es el lugar en el que está lo que dejamos, es como si más congelado estuviera el helado. Como lleva más tiempo ahí, ha tenido más calma para tomar su lugar y, por lo tanto, el proceso de descongelar y rellenar demora más. Duele más.
El acto egoísta
Es cierto que ese proceso de volver a rellenar el espacio ahora vacío es una gran causa de dolor. Pero creo que hay algo más, algo que no es externo ni vinculado a lo que se deja atrás.
Dejar ir, especialmente dejar ir a alguien, es matarnos un poco. Quienes nos rodean son los que nos ayudan a existir, son los que nos guardan en su memoria, quienes tienen ese retrato de nosotros, quienes atestiguan nuestro paso por esta vida. Cuanto más nos gusta quiénes somos junto a alguien, más duele sacarlos de nuestro lado porque lo que hacemos, en buena cuenta, es dejarnos ir. Aquí es que todo se vuele egoísta.
Claro que echamos de menos la compañía, claro que hace falta el apoyo y la complicidad o lo que sea que nos uniera a quien dejamos. Pero no se puede negar que lo que cuesta, por sobre todo, es renunciar a uno mismo.
Hoy que veo morir una versión de mí, mi favorita desde hace mucho tiempo, el dolor es profundo y el vacío me deja sin aire a cada momento.
Lo que he aprendido...
A lo largo de esta semana, he aprendido a vivir con mi decisión, pero sobre todo a llorar el dolor que me ha dejado. Esta tristeza profunda es real. Por más correcto que sea el camino, la pena es auténtica y necesaria. No sé quién seré después que pase todo, cuando la materia termine de transformarse. Pero espero abrazar esa nueva yo con emoción e ilusión.
Mis consuelos son el haber sacado de mí palabras y emociones que callé por mucho, y, claro, la expectativa de una nueva forma de ver el mundo a partir de este cambio.
Sin embargo, inevitablemente, guardo la esperanza de que ese recuerdo de mí, aunque de lejos, se mantenga y que se sume a otros.
A ti solo te pido esto: recuérdame.
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(Música de compañía en este octubre que se acaba.)